Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
En 1957, la 20th Century Fox intentó repetir el éxito cosechado el año anterior con Bus Stop, por medio de otra película de título y temática similares, The Wayward Bus, basada en un relato homónimo de John Steinbeck, traducido al español –según distintas ediciones– como El autobús perdido o El ómnibus perdido. En él, su autor traza un retrato de los sueños y aspiraciones de los estadounidenses de posguerra, representados por los empleados y pasajeros de un autobús de línea que recorre un desolado paisaje de California en la proximidad de la frontera con México, atrapados varias horas al atascarse el vehículo en un lodazal. Un argumento teóricamente simple, que gira igualmente en torno al eterno conflicto entre realidad y deseo.
Las adaptaciones de la prosa de Steinbeck al lenguaje cinematográfico nos habían legado ya dos obras maestras del séptimo arte: en 1940, Las uvas de la ira, y en 1955, Al este del Edén. No iba a ser este el caso, quedándose en un fallido producto de serie B, localizable sin extraordinario esfuerzo en internet, en versión original subtitulada.
Entre otros motivos, Victor Vicas, oscuro director europeo, no era precisamente John Ford ni Elia Kazan. Tampoco es que le ayudara mucho un pésimo guion, que traicionaba al texto primigenio, reduciéndolo a un anodino drama romántico durante un viaje azaroso.
Volviendo a la comparación inicial con Bus Stop, Jayne Mansfield carecía del irresistible encanto de Marilyn Monroe, pese a que luciera parecido tinte capilar y análoga exuberancia física. De la actriz de Pensilvania, siempre me vienen a la mente dos recuerdos: uno divertido, vinculado a las fotos en las que Sofía Loren mira con inefable expresión el desmesurado busto de la norteamericana, compañera de mesa en una fiesta. El otro, triste, relacionado con el accidente de tráfico que le costó la vida y que sirvió como detonante para que las autoridades de su país impusieran a partir de entonces un elemento de seguridad a los remolques.
Con Mansfield, comparte protagonismo en la cinta, la británica Joan Collins, otra hermosa mujer a la que mi generación rememora, ya madura, por su papel de villana en Dinastía, un serial que constituyó uno de los grandes entretenimientos de la televisión de los ochenta.
Centrándonos en el libro, infinitamente más enriquecedor, en sus primeras páginas narra Steinbeck el origen del nombre de Rebel Corners, el lugar en el que comienza la acción. En el mismo, la familia Blanken, procedente de Kentucky, construyó una especie de fortín confederado en aquella tierra, leal a la causa de la Unión y muy alejada de los principales escenarios de la Guerra de Secesión. A imitación de su ejemplo, día tras día trato de convertir mi hogar en un enclave resistente, meramente intelectual y sin rastros de arquitectura militar, ante el expansivo totalitarismo que se ha atrevido nada más y menos que a censurar las novelas en las que se creó el personaje que devino en uno de mis ídolos de la gran pantalla: James Bond.
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