Señora Munro

En las vidas grises donde aparentemente no pasaba nada era donde Munro encontraba la profundidad abisal de sus historias

El arte no es una competición de atletismo, así que no podemos establecer récords ni clasificaciones, pero de todos modos hay algunas verdades evidentes. Paul Auster murió hace dos semanas. Ahora ha muerto la canadiense Alice Munro a los 92 años. Auster era un escritor mucho más leído y conocido, aunque Alice Munro ganó el premio Nobel de Literatura en 2013. Pero hay una diferencia notable entre ellos dos. Auster carecía de pellizco, de poesía. Era un escritor –si se me permite el símil– que hacía snorkel cerca de la orilla: un escritor agradable con el que se pasaba un buen rato, sí, pero no mucho más. En cambio, Alice Munro era una buceadora a pulmón libre en aguas profundas. A veces, al leer sus relatos, uno tenía la impresión de estar en un batiscafo que se había sumergido a tal profundidad que en cualquier momento iba a estallar por culpa de la presión. Y eso tenía un mérito incalculable porque Munro escribía historias sobre temas aparentemente insulsos, sobre gente gris que vivía en un lugar gris y que hacía cosas que no parecían llamar la atención de nadie. Pero justo ahí, en esas vidas donde aparentemente no pasaba nada, era donde Alice Munro encontraba la profundidad abisal de sus historias. Al leerlas, sentimos que hemos tocado el nervio de la vida: algo a la vez impenetrable y asfixiante y oscuro, pero también vasto y silencioso y fascinante, como una fosa submarina.

Alice Munro no lo tuvo fácil. Creció en una granja de zorros en el sur de Ontario. Se casó muy joven y empezó a tener hijos a los 22 años (tuvo cuatro niñas, una de las cuales murió a los pocos meses). “Lo peor que podía hacerse durante mi juventud era llamar la atención”, decía. Su hija Sheila contaba que Munro escribía en el lavadero o en la cocina de la casa, y su máquina de escribir estaba metida entre una lavadora y una tabla de planchar. Con su marido tuvo una librería en Vancouver, al otro lado del país, y luego volvió al pueblo de toda la vida y allí se quedó y allí murió. En uno de sus relatos –todos iguales y todos distintos–, Munro contaba la historia de un hombre del pueblo que había vivido en una cabaña solitaria hasta que un día “murió y fue enterrado, a petición propia, junto a su cabaña de ermitaño, llevándose consigo el misterio de su vida”. El misterio de la vida, sí, de toda vida, pero cuánto sabía Alice Munro de ese misterio irresoluble.

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