¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

La Sevilla eterna (y tanto)

El mercado de la Puerta de la Carne, el Instituto de la Grasa... son muchas las almas que penan en la eternidad sevillana

No nos referimos a la Sevilla que más que eterna es momificada, la de las esencias, sino a esa otra donde los problemas llegan a dilatarse en el tiempo hasta rozar el infinito. A Borges, que igual que Chesterton dejó un arsenal de citas y reflexiones muy útiles para el columnista en apuros, no le gustaba la eternidad, le aterrorizaba ser por los siglos de los siglos la misma persona, soportarse a sí mismo en el no tiempo. Quizás esta aversión le viniese de su estancia en Sevilla, en el invierno de 1920, cuando los ultraístas convirtieron a nuestra ciudad en una de las capitales de la vanguardia literaria hispanoamericana. Aquí tuvo que comprender lo pesada que puede llegar a ser la eternidad. Lo mismo que sentimos muchos de nosotros ahora cuando pasamos por delante del mercado de la Puerta de la Carne, desalojado en 1999 con la promesa de una inmediata restauración, pero que sigue sin uso y amenazando una ruina irremediable. Da igual que sea uno de los escasos ejemplos de arquitectura racionalista de Sevilla, una rareza proyectada por Gabriel Lupiáñez Gely y Aurelio Gómez Millán cuando la ciudad vivía en plena fiebre regionalista. Todo eso parece que da igual a nuestros munícipes. Eso sí, en estos más de veinte años no han parado de vendernos motos, fantasías neoyorquinas con gastrobares y microteatros. Con lo fácil que hubiese sido arreglarlo para que cumpliese su histórica función, acoger una plaza de abastos con sus puestos de pescado y carne, sus fruterías y verduleras, su bar para desayunar y cervecear, su joyería para comprar alhajas a plazos, sus floristerías y su ciego con los cupones. Y si el empeño era modernizarlo hubiese bastado con algunos puestos de tatuajes, hierbajos para hacer infusiones y laterío de calidad.

La lista de la Sevilla eterna es enorme. Solemos recordar los ejemplos más conocidos: el Metro, la SE-40, el dragado del río, etcétera, pero también existen otros más secretos y ocultos. Ahí está la antigua sede del Instituto de la Grasa, del CSIC, en la calle Padre García Tejero, justo enfrente del campo del Betis. Quizás porque lo tapa una bendita arboleda no reparamos en su abandono, que ha llevado incluso a cubrir su fachada con redes para evitar los desprendimientos. El edificio, diseñado por Otaisa en los cuarenta y protegido patrimonialmente, se abandonó en 2011, cuando la institución se mudó a la Universidad Pablo de Olavide, y aunque en 2018 se solicitó una licencia de obras para convertirlo en la sede de la Demarcación de Carreteras del Estado, ahí sigue achacoso y enredado, convertido en una de las muchas almas que penan en la eternidad sevillana.

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