Ojo de pez

Pablo / Bujalance

Tarifa

18 de agosto 2014 - 01:00

HACE ya unos diez años vi una obra de Angélica Liddell, considerada por muchos el no va más del teatro contemporáneo español, titulada Y los peces salieron a combatir contra los hombres. En el montaje, Liddell se apropiaba del tono iracundo de Thomas Bernhard para denunciar la, a su juicio, exasperante impasibilidad con la que la sociedad española asistía al drama de las pateras en el Estrecho. Todas aquellas muertes, afirmaba, le resbalaban a una ciudadanía ferozmente conservadora y celosa de lo suyo que no quería saber nada de africanos ahogados. La obra, claro, me molestó muchísimo: por entonces ya conocía bien, y de primera mano, el esfuerzo que los voluntarios de la Protección Civil y la Cruz Roja aplicaban para atender a los inmigrantes que lograban cruzar el Estrecho en Tarifa; por no hablar de los vecinos que, a cada oleada, corrían a la playa con alimentos, mantas y demás artículos urgentes. Por entonces, además, el párroco de la iglesia de San José Obrero de Málaga, Ángel Rodríguez, había ganado fama en toda España por haber abierto las puertas del templo a decenas de inmigrantes en situación irregular, instalados allí, también con la colaboración de numerosos vecinos del barrio de Carranque. Tal vez la rabia de Liddell quedara muy guay, pero era profundamente injusta.

Diez años después, Angélica Liddell es una creadora elevada a los altares de la post-postmodernidad por la plana mayor de la crítica y en Tarifa, tal y como pudimos comprobar al leer el reportaje de Óscar Lezameta publicado ayer en este periódico, la situación es tanto o más grave, aunque la solidaridad de los vecinos y la eficacia de los voluntarios y profesionales con responsabilidades al respecto han crecido de manera proporcional. Pero la mayor brecha entre la situación de hace una década y la actual viene dada por la crisis: no pocos (vean los comentarios en la edición digital del artículo de Lezameta) sostienen hoy el discurso de que todo el trabajo invertido en la atención de los inmigrantes debería dirigirse a evitar que sean los jóvenes españoles los que tengan que abandonar su país. Dado que, además, los inmigrantes que cruzan el Estrecho lucen la etiqueta ilegal, éstos no merecen permanecer aquí más de dos minutos.

Ya ven. Que haya andaluces poniendo copas en Alemania supone una injusticia mayor que el infierno que empuja a tantos a caminar 5.000 kilómetros desde Chad, sabiendo que no pueden volver. Me aterra la facilidad con la que algunos están dispuestos a tratarlos como a perros. Diez años después, cuesta más negarle la razón a Liddell.

stats