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Teatro

La grosera sustitución del Parlamento, como los actos de masas, escenifica una unanimidad que no existe

Tras las delicias de un veraneo que imaginamos reparador para los abnegados luchadores de la República Catalana, el anunciado otoño caliente se inicia hoy, fiesta nacional de la cosa, y promete nuevas dosis de épica en las semanas venideras. Hace unos días el sujeto que preside el Gobierno autonómico, por expresa delegación del líder fugado, reiteró su voluntad de no claudicar en una especie de mitin institucional donde lo de menos era el mensaje, pues hace tiempo que dejaron de hacer política para reafirmarse en la tautología y este tipo de citas, como se sabe, convoca sólo a los ya convencidos. Más que las palabras, en efecto, lo que llamaba la atención era el escenario, un teatro, tan evidentemente inapropiado para los discursos cuando el orador es un gobernante elegido en las urnas -aunque el presidente delegado no haya sido elegido en las urnas- cuya tribuna natural, si se trata de dirigirse al pueblo, no puede ser otra que el Parlamento. Sin duda las hay más espectaculares y en estos días vamos a tener ocasión de volver a presenciarlas, pero ninguna imagen ilustra mejor el desprecio de los nacionalistas por las instituciones democráticas que la renuncia a discutir -y de hecho a gobernar, como por mandato les correspondería- en la asamblea formada por todos los partidos con representación parlamentaria. Hablan todo el tiempo de diálogo, pero no se puede manifestar de una manera más clara la nula voluntad de entendimiento con la mitad larga de la sociedad catalana, tan catalana como la otra, que no comparte los objetivos del proyecto secesionista. Más que nunca, la banda teledirigida por el falso exiliado funciona como un movimiento, que tiene por fin sus mártires y no duda en recurrir a una parafernalia siniestra donde no faltan las procesiones nocturnas con antorchas, las increíbles proclamas por megafonía, la intimidación y el acoso a los traidores o el secuestro de los espacios públicos. Frente a lo que afirman quienes interpretan el conflicto como un pleito entre naciones, el verdadero enemigo del independentismo no son Madrid ni España, sino los malos catalanes que no se creen sus mentiras ni desean, desde distintas maneras de plantear la convivencia, una ruptura irreparable, entre los que deben de contarse -aunque ahora callen- bastantes de los herederos del catalanismo histórico. La grosera sustitución del Parlamento por un teatro, como los coloridos actos de masas, busca escenificar una unanimidad que no existe. Algo grave ocurre cuando las mayorías insuficientes deciden prescindir de las formalidades -así las llamaba la retórica totalitaria- para hablar en el exclusivo nombre de los patriotas genuinos.

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