La ciudad y los días

Carlos Colón

Tragicomedia de tetas y censura

LOS sevillanos vieron por primera vez las tetas de Jane Russell en el Llorens, cuando en noviembre de 1947 se estrenó Esclava de un recuerdo. Las volvieron a ver junto a Bob Hope en Rostro pálido tres años más tarde, en octubre de 1950, en el Coliseo España.

Volvieron cuatro años más tarde al Imperial, en la secuela El hijo de rostro pálido. En junio de 1955 se las volvieron a encontrar en el Coliseo España, junto a Robert Mitchum, en La aventurera de Macao.

Por fin, en septiembre de 1955, el Álvarez Quintero inauguró su temporada con Los caballeros las prefieren rubias y los sevillanos pudieron ver a Jane Russell -y ya no sólo a sus dos amigas- en su mejor película. ¡Y junto a Marilyn Monroe! "Difícil elección, pero… ¡elija usted!", decía la publicidad. Días después el anuncio proclamaba: "Hoy en Sevilla, como antes en todo el mundo, sólo se habla del sensacional suceso que ha constituido este estreno". En realidad la veían por primera vez de cuerpo y talento entero, porque Hawks había convertido la pin-up en actriz.

¿Y El fuera de la ley (1943), se preguntarán, la escandalosa película cuyo estreno fue retenido durante dos años en los Estados Unidos por inaugurar una variante erótico-pectoral del western? Si tienen en cuenta que la censura española impidió durante once años -de 1939 a 1950- que Lo que el viento se llevó se estrenara y que al final únicamente la presión de la Metro Goldwyn Mayer, en el contexto de las nuevas relaciones entre España y los Estados Unidos, lo logró; y que los censores estaban quemados por habérseles colado Gilda en 1947 y Que el cielo la juzgue en 1949, podrán comprender lo que pensaban de la famosa imagen de Jane Russel tirada sobre un lecho de pajitas y con la pechuga al aire que servía de promoción a El fuera de la ley. Las tetas de la Russell superarán los once años de retraso de Lo que el viento se llevó. Treinta y tres años, la muerte de Franco y el cuarteamiento del Régimen: todo eso tuvo que pasar para que se vieran en España.

Y es que los dos poderes de Jane Russell, enmarcados en una mirada salvaje y un gesto lascivo, se adelantaron una década a la explosión de la Monroe -Niagara y la portada de Play Boy, ambas en 1953- y a las maggioratas italianas -Pampanini, Mangano, Loren, Lollobrigida- y sus triunfales senos y caderas. Russell fue la más agresiva y primera plasmación cinematográfica de las pin-up (comparada con ella Betty Grable había sido una broma) que desde 1941 llenaban las paredes de cuarteles y garajes. La explosiva actriz pagó el precio de los pioneros.

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