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Tribuna de opinión

Manuel Llanes/ Director artístico de los espacios escénicos de la Junta

Viaje sentimental de dos insomnes

En el día del estreno en el Central de 'Mount Olympus', el director artístico del teatro evoca su vieja amistad con el belga Jan Fabre y sus audaces logros.

Para Jan Fabre, en el 30 aniversario de su carrera artística

En mi opinión, el teatro debe ser una explosión de energía indomable!". "Un límite siempre conlleva la invitación de superarlo". La primera cita es del 20 de mayo de 1978, la segunda data del 9 de agosto del mismo año. Pertenecen a un jovencísimo Jan Fabre -20 años- anunciando sus enfurecidas intenciones de cambiar los derroteros por los que caminaban las artes escénicas tal como se conocían entonces y, con ello, todo el paisaje artístico concebido durante el siglo XX. Desde entonces hasta ahora casi nada se le ha resistido: danza, escultura, pintura, instalaciones, vídeo, performance... Una actividad enfebrecida lo ha convertido en uno de los más grandes representantes de la superación de las fronteras simbólicas y los géneros estancos, haciendo de ellas un lugar de encuentro para la convivencia pacífica.

En su Journal de nuit (1978-1984), que bien podría traducirse Diario de un noctámbulo, Fabre vomita textualmente todo aquello que bulle en la mente de un artista que ya tenía la firme decisión de no mirar sino ver cualquier tipo de belleza que lo asaltase, que lo desnudara, que lo sorprendiera y traspasara, por muy ¿peligrosa?, ¿inquietante?, que esta fuese.

Su firme propósito, su convicción, su proyecto artístico, yo diría su vida, la había decidido ya el 23 de septiembre de 1978 al afirmar que el teatro debe ser "una erección violenta de donde brote una fuente de esperma que celebre la vida o de donde brote un volcán de esperma que cristalice la vida". El imaginario de este artista no para nunca, piensa mucho más rápido que escribe, es el artista como voluntad y representación.

Desde que escribiera aquellas notas insomnes a finales de los 70 y comienzos de los 80 ha ido activando bombas colocadas en la médula de las convenciones artísticas y logrando que volasen por los aires nuestras certezas sobre aquello que consideramos arte.

A mitad de los 80, concretamente en el 85, Andalucía se convirtió en la anfitriona de Jan Fabre en nuestro país. El Festival Internacional de Teatro de Granada acogió El poder de las locuras del teatro, una pieza de más de cuatro horas de duración que junto a Esto es teatro como era de esperar y prever, esta última con una duración de ocho horas, había supuesto una revolución para el público y la crítica en toda Europa.

Octubre de 1984, un año antes. Dos insomnes, uno profesional y otro amateur (Fabre y el que escribe) se conocieron en el estreno de aquel espectáculo mítico -El poder de las locuras...- en el Théâtre Gerard Philippe en Saint Denis. Allí se gestó el proyecto de invitarlo a Granada y a partir de entonces no he podido dejar de fascinarme con sus propuestas. Un proyecto que se convirtió, contra todo pronóstico, en un acontecimiento nacional. En los 80 aquella propuesta parecía una desmesura en un país como el nuestro, invadido por el convencionalismo escénico. Sin embargo, el público bramó al final de la representación y Andalucía se convirtió en referente de la renovación escénica gracias a la receptividad de los espectadores.

Desde entonces hasta ahora Andalucía, de forma intermitente pero fiel, viene siendo testigo de excepción de su apasionante recorrido. Un trayecto que, lo hemos podido constatar, parafraseando al propio Fabre, no está ligado a ningún estilo, a ningún medio de expresión, a ningún grupo. Como él mismo dijo: "Deseo poder viajar imperturbablemente a través de todas las categorías y de todas las épocas".

Fiel a su propio guión, a ese descenso "a los infiernos" como única posibilidad de resurgir de las cenizas, sanando a través de noches y noches de creatividad y de espectáculos catárticos, Fabre ha ido construyendo y ofreciéndonos un universo que nos es común, aunque no siempre, debido a nuestros miedos, podemos transitarlo por nosotros mismos.

Tras la experiencia granadina, el Teatro Central de Sevilla se convirtió en su sede en España. En agosto de 1992 apareció con Sweet Temptations. Lo recuperamos en 1999 con un proyecto que ocupó una semana bajo el título Jan Fabre en escena: dos espectáculos, uno en la sala A del teatro, The fin comes a little bit earlier this siecle; el otro en la B, The very seat of honour, además de un concierto con la música de sus espectáculos interpretado por el Spiegel String Quartet, todo ello acompañado con la proyección de sus vídeos. En 2003, Mis movimientos son solitarios como perros callejeros; 2009 fue el momento de La orgía de la tolerancia; Prometeo en 2011 y dos años después nos mantuvo una noche en vela con Esto es teatro como era de esperar y prever.

Faltan en nuestro haber dos espectáculos que, en mi opinión, junto a aquellos de los años 80, son referenciales para la desmesura artística que supone este Mount Olympus que ahora nos presenta. Me refiero a Je suis sang (Avignon 2001) y L'Histoire des larmes (Avignon 2005). No siempre nuestros sueños se hacen realidad...

Pero esta vez el sueño sí se ha cumplido, y además con creces. Porque Jan Fabre nos va a hacer escalar durante 24 horas el Mount Olympus, un proyecto del que me habló hace tres años en su sede de Amberes, una noche en la que me secuestró. Me hizo viajar en plena medianoche desde Bruselas hasta Amberes para explicarme lo que se cocinaba en su cabeza y lanzarme el reto de hacerlo en Sevilla con carácter de exclusiva española ocurriera lo que ocurriera y, como diría el poeta, "en una de esas noches/ memorables de rara comunión, con la botella medio vacía, los ceniceros sucios,/ y después de agotado el tema de la vida", en una cocina presidida por una enorme pizarra para convertirla en lugar de trabajo e invadida por graffitis de Marina Abramovic, me comprometí a hacer lo imposible para conseguirlo.

Desde aquel día, y tras un año de ensayos, Mount Olympus se ha convertido en una auténtica summa de su corpus artístico. Durante una jornada completa iremos ascendiendo hasta alcanzar el clímax: cuerpos físicos, espirituales y eróticos que, armonizados por una puesta en escena deslumbrante, nos acompañarán en un viaje por las tragedias griegas para conseguir una catarsis individual y colectiva. Un testimonio del camino que ha recorrido Jan Fabre en los últimos 30 años.

Fabre lo ha vuelto a hacer. Después de esta bellísima pesadilla, el teatro y la danza no volverán a ser lo mismo.

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