¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Vuelve, Soledad

La Alcaldía de Sevilla debería ser un premio extra reservado a personas de gran talla política y profesional

Soledad Becerril era una joven con carácter. Cierto gallardo novelista andaluz recuerda aún cuando lo abofeteó en la redacción de La Ilustración Regional, revista con la que un incipiente centroderecha andaluz intentó coger el tren de la Transición. El caso fue que nuestro amigo dijo alguna palabra que podía ofender a la Inmaculada Concepción, ante lo que Becerril, sin mediar palabra, le propinó una sonora torta. Así, a lo grande, como las grandes divas de Hollywood. Las hijas de María no son las mosquitas muertas que algunos creen. Pero Becerril también sabía ser encantadora. Prueba de ello es que Luis Pizarro, el joven inquieto de aquella izquierda sevillana ácrata y bienhumorada que ya parece haber desaparecido, suele recordarla con especial afecto. Uno hubiese pagado por asistir a aquellas reuniones en el despacho de la Plaza Nueva en las que Pizarro, Borbolla y la entonces alcaldesa Soledad Becerril tomaban el té con pastas y repasaban los asuntos principales de la ciudad. Nunca la política andaluza llegó a tan altas cotas de civilización.

Recuerdo a Soledad Becerril estos días en los que han empezado las guerras intestinas en el PP y el PSOE para designar un candidato para las próximas elecciones municipales. Uno mira a algunos de los presuntos aspirantes, los compara con los de épocas anteriores, y se pregunta, cual Zavalita hispalense, ¿cuándo se devaluó tanto la moneda de la Alcaldía sevillana? El Ayuntamiento de nuestra ciudad debería ser una especie de premio extra sólo reservado para políticos que han demostrado una gran talla política y profesional. Soledad Becerril sí cumplía con este perfil y antes de levantar el bastón de mando de la Muy Mariana ya había sido la primera mujer ministra desde la II República. Otros como Zoido hicieron el camino inverso.

Sólo he entrevistado una vez a Soledad Becerril. Fue en la Rotonda del Hotel Palace, un lugar emblemático en el periodismo político de la Transición. La entonces Defensora del Pueblo tomó, of course, un té, y yo me decanté por un no menos angloandaluz oloroso seco. Se comportó de patricia manera, con una mezcla de amabilidad y distancia, sin la menor concesión al buenagentismo, pero sin ser deliberadamente siesa (sólo los maleducados lo son). Hablamos de Sevilla y de su paso por la Plaza Nueva. Le dio algún pellizco de monja a Rojas Marcos (que él se encargó de contestar con gran despliegue tipográfico) y nos dejó la sensación de que gobernó la ciudad con la misma majestuosidad y rigor con que hubiese presidido la República Francesa. Esos son los alcaldes que Sevilla necesita.

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