palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Zarandajas

12 de abril 2012 - 01:00

ACCIÓN, reacción. Con este elemental mecanismo de respuesta, el Gobierno puede pulverizar el bienestar de España en un mes o incluso menos. A cada latigazo de los inversores responde cercenando algo: un pie, un dedo, una oreja. Es su forma de contener a la bestia. ¿Llegará el momento en que corte el corazón de los contribuyentes a rebanadas y lo ofrezca a las fieras? Puede llegar. Porque a la vista de la disponibilidad de Rajoy para ir despedazando el cuerpo social y echar sus cuartos a los mercados, la derecha de la derecha, la que no se conforma con la rebaja de los 10.000 millones en educación y sanidad sino que quiere medidas más profundas, que calen hasta el hueso y desfiguren para siempre el aspecto de nuestra democracia, exige no ya sacrificios sino inmolaciones. Es el caso de Esperanza Aguirre, que aprovechando el desorden absoluto y la falta de escrúpulos de sus conmilitones, quiere acabar con el Estado de las Autonomías e imponer la vuelta al centralismo con la excepción de algunas faenas de gobierno menores. Lo que pretende Aguirre equivale a una vuelta de la tortilla, a una involución profunda sustentada en el miedo pánico a la intervención.

Si, como propone la presidenta de Madrid, las autonomías devuelven a Madrid sus competencias en sanidad, educación y justicia (y dejan en manos de los ayuntamientos las relativas a transportes y servicios sociales), las comunidades autónomas carecen de sentido, se convierten en simples administraciones auxiliares sin capacidad para hacer política. No es ahorro, es ideología pura bajo el pretexto del ahorro lo que pretende Aguirre.

Sanidad y educación son las dos parcelas que sostienen el Estado de bienestar, las que diferencian una política socialdemócrata de otra neoliberal. No es casualidad que Aguirre se fije en ellas, las señale y las acuse de disparar el déficit. Desgajadas de las comunidades, las autonomías serían espejismos administrativos, simples delegaciones sin operatividad política, ¿Baratas? Por supuesto, baratísimas. La disolución del Estado es la fórmula más económica de gobierno que existe.

¿Para qué quieren las comunidades parlamentos si sólo tienen competencias delegadas en deportes o medio ambiente? ¿Qué van a votar en ellas si, por añadidura, el presupuesto viene recortado de origen y el Gobierno central ejerce una severa vigilancia, bajo amenaza individual de inhabilitación, para no descarriar el déficit? ¿Para qué quieren elecciones periódicas si sus tareas son técnicas? ¿Para qué sirven los consejeros y los directores generales si no hay mando ideológico? ¿Y las banderas? ¿Y los himnos? ¿Y los sentimientos nacionales? ¿Para qué tantas zarandajas?

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