La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Como babuchas de La Mallorquina

Es tiempo de películas y lecturas que abriguen como babuchas de paño de La Mallorquina

Procuremos hacer de la necesidad de reclusión virtud de placeres domésticos. Es tiempo de películas que den calorcito de mesa camilla perfumada de alhucema y de libros que abriguen como babuchas de paño de la La Mallorquina de calle Córdoba. Leo los anónimos y apócrifos Archivos secretos de Sherlock Holmes que la editorial Funambulista editó el pasado marzo de funesta memoria y fue el primer libro que compré cuando salimos del confinamiento al que quizás volvamos. Lo disfruto con el placer culpable con que leía los Bolsilibros Bruguera de terror de Silver Kane, Curtis Garland, o Clark Carrados.

La cultura popular de ninguna ambición tiene la capacidad de hacernos viajar al tiempo en que se produjo como si fuera la máquina de H. G. Wells. La llamada alta cultura pertenece a la vez a su tiempo y a todos los tiempos. Los clásicos son siempre coetáneos. Las obras más modestas, en cambio, quedan presas de los gustos del público al que sirvieron, atrapadas en su tiempo como el mosquito de Parque Jurásico en el ámbar. Mientras se leen estos apócrifos de Holmes publicados entre enero de 1907 y junio de 1911, escritos para entretener un instante y ser olvidados al siguiente, no es imposible sentir la presencia de los fantasmas de sus primeros lectores, aquellos alemanes que caminaban alegremente a la tragedia que estallaría solo tres años después que terminaran de editarse sus más de 200 entregas.

¿Quiénes y dónde los leyeron? ¿En un tranvía, en un hospital, en una salita mal iluminada sobrecargada de bibelots kitsch, en una portería? En la España de los 50 y los 60 los porteros devoraban las novelas de José Mallorquí y Marcial Lafuente Estefanía que se vendían o cambiaban en los quioscos: "se compran novelas de todas clases y se cambian a 50 cts." se anunciaba en el quiosco de la Encarnación en el que yo compraba El Capitán Trueno, Pugarcito y el DDT. Eran novelitas para entretenerse, para olvidar, para sobrevivir… Como las películas y las coplas de la obra maestra de Martín Patino Canciones para después de una guerra que llevaron algo de luz a las difíciles vidas de los oscuros años 40.

Tiempos oscuros también estos. Esperemos que no tanto como los que se les venían encima a los lectores alemanes de este Holmes apócrifo o a los españoles que llenaban los cines entre abril y junio de 1936 para oír cantar a Imperio Argentina La falsa monea o El día que nací yo.

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