Hay algo que me embelesa del léxico popular sevillano, y es esa tendencia a trocar en femenino palabras que el resto de los hispanohablantes usan en masculino. No hablo de la calor que padecemos, pues así se dice en toda Andalucía y en parte de las Américas. Me refiero, por ejemplo, a las calzonas, en vez de los calzones. O a las tirantas, que el resto del orbe panhispánico llama tirantes. Y tenemos, por supuesto, la botellona. Aquí, el botellón será ilegal, pues está prohibido beber en la calle si no es en un bar o terraza, pero lo que viene siendo la botellona está extendidísima en la ciudad. No es, ni mucho menos, un asunto marginal; hay botellonas canis, jipis y pijas. Las hay de distintos tamaños, desde multitudiarias de bafle gordo a las reducidas, esas de pillar unos litros en el desavío y tirar para la plazoleta. No seré yo quien me niegue a entender las razones por las que la chavalería se va de botellona, ni quien despotrique de la juventud -divino tesoro- teniéndola por cafre. Entre quienes asisten a las botellonas hay, seguro, excelentes estudiantes, muchachos sensibles, amantísimas hijas. También niñateo, piezas, balas perdías. Me declaro en contra de estigmatizar a la juventud sevillana. En estos tiempos de la pequeña bestia he podido comprobar con qué ligereza se acusa de poca conciencia al conjunto de la gente joven. Si así es en no pocos casos, alguna responsabilidad han de tener los padres y madres, y la sociedad en su conjunto. Conviene no olvidar que, cuando se señala a alguien con el dedo, tres dedos de esa misma mano están apuntando hacia uno mismo.

En la botellona hay dosis de gregarismo, alcohol a mansalva y referentes sociales poco edificantes (perfectamente capitalizados, convertidos en producto y lanzados al mercado para hacer billetes). Pero su noche y su intemperie es, para quienes no tienen techo propio y no les alcanza la paga para pedirse un gin-tonic en copa de balón, uno de los pocos espacios y momentos donde socializarse, liberarse o ligar. Que todo eso hay que hacerlo sin interferir con otros derechos ni sembrar el espacio público de basura; y que sería urgente ofrecer de veras otras alternativas de ocio nocturno que no sean ponerse bocabajo, está cristalino. Antes de entonar el mantra ese que dice "la joventú está corrompía", conviene recordarnos a nosotros mismos en esa edad, el alma disponible, la duda en carne viva y los bolsillos llenos de arena. No nos recordamos extremadamente cafres, (¿o quizá sí?). Quién sabe si actual juventud es mejor o peor que la nuestra. En todo caso, la sociedad en su conjunto -sus usos, medios, redes, mercados, valores y modelos- no sólo ha de ser juez, sino que es parte de los valores y contravalores de los jóvenes.

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