Acción de gracias

El chico

Chaplin nos venía a decir que en este mundo perro nadie nos podría arrebatar la dignidad, la emoción ni la risa

Al final de Luces de la ciudad, el vagabundo al que da vida Chaplin le pregunta a la chica de la que está enamorado, una florista que había permanecido ciega hasta entonces y que ha recuperado la visión gracias a los avances médicos, si al fin puede verlo. Ella (Virginia Merrill) se da cuenta entonces del equívoco en el que ha vivido, que quien creía un millonario que la había ayudado a dejar atrás la ceguera es en realidad un sujeto harapiento del que se burlan los chavales en la calle. Y entonces el espectador repara conmovido en la paradoja: aquella joven que supuestamente tenía limitados sus sentidos había sido la única que había visto a aquel hombre, que le había otorgado la dignidad que merecía y no lo había juzgado por su apariencia.

Quienes fuimos chavales en la década de los 80 y nos hicimos una idea de lo que nos esperaba allá afuera gracias a la televisión tenemos entre esos episodios recordados -sí, la muerte de Chanquete, La Bola de Cristal, aquella alienígena que se tragaba una rata enterita sin molestarse en darle un bocado, una mezcla imposible de referentes que explica que nuestras cabezas no estén todo lo buenas que deberían- un maravilloso ciclo de Charles Chaplin que programó TVE. Armas al hombro, El circo, La quimera del oro, El chico, Tiempos modernos, El gran dictador... nos venían a decir que en este mundo perro nadie nos podría arrebatar la dignidad, la emoción ni la risa. En una misma película nos desternillábamos con un barberillo judío que afeitaba a sus clientes al ritmo apresurado de la Danza húngara número 5 de Brahms y al rato estábamos llorando cuando nuestro héroe suplantaba al dictador Hynkel y se marcaba uno de los discursos más bellos de la historia del cine. "Para aquellos que puedan oírme les digo: no desesperen", rogaba aquel personaje mientras una bella y maltratada Paulette Goddard se levantaba del suelo y miraba esperanzada el horizonte.

Ahora que se cumplen cien años del estreno de El chico -cuánta inteligencia y cuánta ternura concentradas en cincuenta minutos- y que esa obra maestra regresa a los cines, con una distribución muy limitada en Andalucía por esta maldita pandemia, hay que reivindicar a un cineasta que como pocos supo ver, como aquel personaje de la florista ciega, la grandeza que escondían los hombres y mujeres, las existencias modestas, y que procuró a su público siempre que pudo una sonrisa confiada. Quedémonos con aquello que le decía su personaje al de Paulette Goddard al final de Tiempos modernos, cuando la mujer caía en el desaliento, cansada de tanta explotación laboral y tanta ruina. "Nos las arreglaremos", la animaba. Mientras nos quede la risa, y sepamos que somos dignos, nos las arreglaremos.

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