¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
¡Bochinche, Bochinche!
En los crecientes y luminosos días de febrero, diversas brotaciones florales anuncian la pronta llegada de la primavera. Mientras el rotundo amarillo de las mimosas y el suave blanco-rosado de los almendros engalanan el grisáceo paisaje invernal de los templados campos del sur, el ciruelo rojo comienza a revivir a finales de mes ofreciendo su hermosa floración a los cielos de Sevilla. Su apelativo de ciruelo de Pissard rinde homenaje a un jardinero del Sha de Persia que, a finales del siglo XIX, consigue estabilizar una mutación espontánea ocasionada en un ciruelo cultivado en el palacio imperial de Tabriz al norte del país, la cual provoca una coloración rojizo-purpúrea de una rama y sus hojas. Tras comprobar que un esqueje de dicha rama escarlata reproducía un ejemplar completo con las nuevas características cromáticas, envió una muestra de la recién nacida variedad a su colega francés Paillet y comenzó su expansión por todo el planeta. El arbolillo puede considerarse una especie propia (Prunus pissardii) o un cultivar de la primigenia (Prunus cerasifera), pues su singular origen invita al debate taxonómico, siendo un claro ejemplo de cómo el ser humano puede moldear la naturaleza y aun crear nuevas especies.
El espectacular ciruelo rojo o cerezo de jardín es una planta arborescente poco longeva, con flores rosadas y hojas ovales aserradas que evolucionan al brotar desde un marrón rojizo hasta un púrpura oscuro, color apreciable normalmente en el resto de su estructura aérea. La presencia del llamativo cromatismo foliar se debe a una anomalía genética que determina la elevada producción de unos pigmentos que enmascaran el verde subyacente de la clorofila. Aunque se trate en concreto de un frutal, alimenta más al espíritu que al cuerpo, pues su principal aporte es servir de ornamento. Expone unas ácidas ciruelas rojas semejantes a cerezas que son comestibles y causan deleite a muchas aves urbanas, en especial mirlos y cotorras. Podemos disfrutarlo en diversos enclaves de Sevilla como los parques de María Luisa y de los Príncipes, los jardines del Alcázar, los campus universitarios del Rectorado y de Reina Mercedes o en cinco macetones situados en la avenida de la Constitución junto a la fachada de la Catedral.
Ante la escasez de almendros y mimosas en los jardines hispalenses, son los ciruelos rojos los que marcan la pauta y rompen con la monotonía de las postreras jornadas invernales que agonizan con presteza bajo el potente sol de nuestras tierras sureñas. Así, cuando el azahar aún no arrebata los sentidos en las tibias tardes sevillanas, las bellas flores rosáceas que se abren en las ramas desnudas del árbol de Pissard acarician el aire y atraen con sus encantos a innumerables insectos, que las abordan ávidos de los primeros néctares. De igual manera, inducen en nuestras aletargadas mentes un cúmulo maravilloso de sensaciones, fervores y alborozos ante el inminente renacimiento de la ciudad con las ansiadas Fiestas de Primavera.
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