La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

A más destrucción, más duelo

No son pérdidas razonables, obra del paso del tiempo o necesarias para la mejora de las condiciones de vida

Harán pisos turísticos en los altos del Horno de San Buenaventura de Carlos Cañal, contaba el compañero Navarro Antolín. Bueno, del difunto Horno de San Buenaventura, con El Rinconcillo el establecimiento con más historia de Sevilla si nos remontamos a lo que se llamó Horno y Mesón de los Caballeros, después Horno de la Parida y finalmente de San Buenaventura. Fui asiduo desde que acompañaba a mi abuela María a comprar pan y bollitos de leche en los años 50 hasta que cerró, poniendo punto final a las tertulias con Javier Muela, Alberto Fernández Bañuls y Javier Rodríguez Barberán.

De los pisos turísticos, nada tengo que decir: Sevilla vive como las señoras viudas venidas a menos que tenían que acoger huéspedes o las arruinadas casas señoriales convertidas en corrales de vecinos. Pero la noticia reabre la herida de la pérdida del Horno de San Buenaventura.

Hacer duelo más allá de lo que se estima razonable para asumir la pérdida y adaptarse a la nueva realidad es un sentimiento patológico. Muchos de los pocos que dedican algún tiempo a pensar la ciudad creen que el largo duelo que algunos hacemos por ella es un sentimiento patológico, una exageración del valor de lo perdido, una ceguera para lo ganado propia del "cualquier tiempo pasado fue mejor" y un cómodo subgénero literario inventado por Romero Murube cuando en sus últimos años veía Sevilla como Rodrigo Caro vio Itálica -"Parece que aquellos derribados edificios están llorando la larga ausencia de sus dueños"- continuado por sus perezosos imitadores.

Pero no es una patología, porque las pérdidas no cesan desde hace más medio siglo, ni ceguera para con lo bueno del presente, ni cerrazón nostálgica y mucho menos una cómoda y rutinaria retórica elegíaca. Porque no se trata de esas pérdidas razonables que son consecuencia del paso del tiempo o necesarias para la mejora de las condiciones de vida. Ni son razonables, ni necesarias, ni cesan. Por eso tampoco cesa el duelo.

Cuando vuelvo a Roma puedo tomar café en el Greco o Tazza D'Oro, té con pudin en el Babbington's Tea Room y comer en la Hostaria Capo de'Fero, como hago desde hace más de 40 años; pero en Sevilla no puedo hacerlo en La Española, el Horno de San Isidoro, los Estepeños, el Laredo (de verdad), Los Corales, Casa Senra, Málaga, Casa Manolo o el Horno de San Buenaventura. "Estos, Fabio, ¡ay dolor!"...

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