Azul Klein

Charo Ramos

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El esfuerzo a destiempo

Paco Roca y David Trueba hacen justicia a unas madres que no pudieron estudiar y tienen tanto que contar

Mi hermana me telefonea con esa pasión que ella sabe poner en las cosas importantes para decirme que ha leído el último cómic de Paco Roca y que la ha dejado "maravillada y completamente del revés". Me asegura que no se identificaba tanto con una historia desde que leyó Nada de Carmen Laforet "porque este cómic tiene también algo que nos concierne, en lo personal y en lo colectivo". La historia que Paco Roca cuenta en Regreso al Edén es autobiográfica, y en ella habla de la vida difícil de su madre y de las carencias en la Valencia de la posguerra; de tiempos de hambre, mercado negro y escasos horizontes sociales y laborales para las mujeres humildes más allá del matrimonio. El dibujante articula este relato a partir de una fotografía familiar tomada en 1946 en la antigua playa de Nazaret de la capital valenciana en la que se ve a su abuela materna, a la que él nunca llegó a conocer, junto a otros parientes cuya historia desvelará viñeta a viñeta. ¿Qué tiene Regreso al Edén para haberse convertido en un tema de conversación para tantas hijas que sentimos no haber valorado a tiempo el tremendo esfuerzo que hicieron nuestras madres para educarnos tras unos tiempos llenos de renuncias? Porque el gran tema que aborda este libro, y que encontramos también en algunos de los mejores ensayos publicados en los últimos meses, como Tierra de mujeres de María Sánchez, tiene que ver con la escolarización entendida como un privilegio del que las excluyeron, pero también con el deseo de aprender, con el ansia de lecturas, con la imaginación que muchas de esas madres derrochaban en los cuentos que contaban de noche a sus hijos.

El reverso luminoso de la historia que Roca nos cuenta en Regreso al Edén pueden encontrarlo en el libro Ganarse la vida de David Trueba, espléndidamente reseñado en estas páginas por Patricia Godino. El hijo más pequeño de una familia numerosa hoy célebre gracias a las carreras artísticas de varios de sus miembros elogia en este pequeño ensayo el esfuerzo a destiempo de su madre, que tampoco pudo estudiar y se esforzaba por completar las cartillas de caligrafía que los hijos dejaban a medias. "Tenía obsesión por escribir, y practicaba a enlazar las letras de su nombre a modo de firma con la estética que mandaban los cánones de la caligrafía". Con el tiempo, revela David Trueba, la madre llegó a tener una biblioteca de libros estupendos afines a sus intereses.

En estos días pienso mucho en que estamos a tiempo de darles algo de todo lo que la vida hurtó a estas mujeres sobre las que se edificó lo mejor de este país vacunándolas cuanto antes, acelerando la inmunidad a ese colectivo de personas que frisan o sobrepasan los 80 y viven en sus hogares o se han trasladado a las casas de algunos de sus hijos y tienen, todavía, tantas historias que contar.

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