Flores de Borgoña

La Cruz de San Andrés en la Plaza del Triunfo.
La Cruz de San Andrés en la Plaza del Triunfo.

03 de marzo 2026 - 05:30

NO existe un solo caballero andante que no lleve en su cartera la foto de Isabel de Portugal, de cuyos desposorios con Carlos V en Sevilla se han cumplido 500 años. La reina lisboeta aunó la determinación política de su abuela Isabel la Católica con una belleza de cisne que levantó las más altas plumas de Castilla. Pero todo es fugacidad en este mundo de engaños y vanidades, y la contemplación de su cadáver putrefacto hizo que Francisco de Borja, que fue su rendido caballerizo mayor, abandonase los oropeles de la corte para vestir la negra sotana de la Compañía de Jesús, vanguardia orgullosa del Catolicismo hasta que el seísmo del Vaticano II la tentase con el becerro de oro de la revolución.

Sevilla, como decíamos, celebra estos días el quinto centenario del enlace entre Isabel y el César Carlos en el Alcázar. La de Portugal fue más granadina que sevillana, pero su paso camino del tálamo tuvo que dejar en el aire de la ciudad un sutil aroma modernista que aún perdura en sus jazmines. El Ayuntamiento celebra aquella real boda con diversas actividades, pero ninguna tan acertada como la de plantar los parterres de la Plaza del Triunfo con la bandera de la cruz de Borgoña, en cuya alta y delicada etiqueta se crio Carlos I de España y V de Alemania. Durante más de tres siglos, la cruz roja y nudosa de San Andrés sobre un fondo blanco señaló los fortines y tropas de una Monarquía Hispánica que forjó Europa y América para angustia de sus acomplejados descendientes.

Los españoles somos analfabetos en cuestiones vexilológicas y solemos desconocer el alto valor simbólico de esta bandera. Tanto, que algunos plumillas y comentaristas de redes con pocos conocimientos históricos la consideran un símbolo de la “extrema derecha”, quizás porque fue la enseña elegida por el Carlismo y, actualmente, por los movimientos panhispánicos que promueven una tan romántica como imposible reunificación de la Monarquía Hispánica. Lo cierto es que, cuando ondeó esta bandera, Andalucía brilló con una luz de oro nuevo que perdería en tiempos posteriores.

Al paseante novelero se le alegra el alma cuando ve en los parterres de Sevilla la bandera de nuestra herencia borgoñona, del ideal caballeresco y el refinamiento de corte que tanto le costó entender a Castilla. Con tales pétalos no es difícil sentir la llamada de la hidalguía o, por lo menos, de una botella de Château de Meursault. En cualquier caso, las flores de Borgoña huelen mejor que las de plástico. De eso no hay duda.

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