LAS cosas nunca ocurren porque sí. No puede ser casual que en el momento más difícil de nuestros últimos treinta años reaparezcan fantasmas horrendos, miserablemente invocados para hacernos regresar a lo peor de nuestra Historia. Sólo a partir de un perfecto y milimétrico diseño llega a ser comprensible que resurjan ahora, cuando la tormenta arrecia y casi todos nuestros logros amenazan ruina. Avanza España hacia el precipicio y, lejos de intentar unirnos en el gigantesco esfuerzo común de tratar de vencer las adversidades, nuestros gobernantes parecen encantados de azuzar de nuevo los perros del odio, de reubicarnos en ese universo suyo, rancio, primario y absurdo, de buenos y malos.

He mantenido siempre que superar la crisis no es un objetivo prioritario para Zapatero. Para mí, yerran los que analizan su política desde la otra perspectiva. No me creo tanta incompetencia, tanta perseverancia en la inacción, ese esmero en la torpeza con el que viene gestionando una coyuntura de la que, por otra parte, se conocen remedios probables. No puede ser fortuito el hecho de que hayan desaparecido de los centros de poder lo mejores expertos económicos socialistas. Ni entiendo inocente el furor con el que se rebaten los argumentos sensatos de los pocos teóricos correligionarios (Fernández Ordoñez, Almunia) que aún se atreven a denunciar la magnitud del disparate. Tampoco es razonable que, por azar, se consigan encadenar tantas decisiones descabelladas. Ni, al cabo, resulta estadísticamente lógica la impericia permanente, asunto a asunto, en el diagnóstico y en la llevanza de un desastre que cada minuto empeora y se acerca ya a su final trágico e irresoluble.

En mi hipótesis, que ojalá rompa en desvarío, Zapatero contempla el actual cataclismo económico como una oportunidad, como una ocasión extraordinariamente favorable para materializar sus utopías. El sueño de la izquierda extrema y sectaria, ése que pasa por eliminar a la mitad díscola de la ciudadanía y encuentra modelos ideales en exóticos regímenes amigos, es irrealizable en época de bienestar. Necesita de la suficiente tensión social, exige conflicto, incertidumbre, carencias, pobreza y miedo. Todo lo que le puede proporcionar una circunstancia como la presente que, así, ni se previene, ni se mitiga, ni, por supuesto, en absoluto se procura resolver. Con ello, además, no arriesga nada: si milagrosamente los problemas acaban solucionándose, el mérito y el rédito seguirán siendo suyos.

Es en este contexto en el que alcanzan sentido los aquelarres que hoy proliferan. Aprovecha ir delimitando frentes, recuperando legitimidades y prefabricando causas. No vaya a ser que los acontecimientos se precipiten, se adelante el día de gloria y nos coja todavía embromados en la estupidez esa de la reconciliación. ¿Que perdí la cordura, invento y me equivoco? Lo dicho, no saben cuán desesperadamente lo deseo.

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