La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Juan Carlos, go home!
El debate reabierto tras la desclasificación de los documentos del 23-F nos sitúa, una vez más, frente al espejo de nuestra propia madurez como sociedad. Volvemos a discutir sobre el regreso de Juan Carlos I a España, pero el enfoque sigue siendo erróneo. Más allá del ruido político, estamos ante una estricta cuestión de humanidad. Los hechos que propiciaron su marcha son los que son: un legado complejo de aciertos históricos y errores personales que ya está escrito. Sin embargo, esa realidad no cambiará por el hecho de que resida en Madrid o a 5.600 kilómetros de distancia. La historia es inamovible, tanto aquí como en Abu Dabi. Los kilómetros no son un borrador mágico; pretender que el alejamiento físico purifica el sistema es un ejercicio de hipocresía colectiva. En la práctica, España le impone una condena de exilio que la Justicia jamás ha dictaminado; una sentencia basada exclusivamente en la conveniencia política. Mientras el Gobierno se lava las manos recordando su libertad legal para volver, sus detractores lanzan el dardo habitual: el dinero. Se insiste en que su ausencia busca proteger su patrimonio de Hacienda. Es hora de desmontar esa falacia. Reducir el ocaso vital de quien fue Jefe del Estado durante casi cuatro décadas a un asunto de ingeniería fiscal es de un cinismo asombroso. A sus 88 años, el deseo de no morir en el extranjero responde a un instinto primario de arraigo, no a una hoja de cálculo. Creer que, a las puertas del final de la vida, prima el IRPF sobre el deseo de respirar el aire de tu país es no entender nada de la naturaleza humana. La intachable ejemplaridad de Felipe VI es hoy un baluarte sólido que no se verá empañada por el regreso de su padre. Lo que se pide no es un gesto político, sino profundamente humano. Vivimos en un país enfermo por politizar cada movimiento, cuando esto es, sencillamente, la piedad de un hijo hacia su padre. Si la Corona actúa con empatía ante las tragedias de los españoles, es de justicia básica que lo haga con su propia sangre. Juan Carlos I debe vivir sus últimos días en España: de forma discreta, fuera de la agenda institucional y sin hacer sombra a la Jefatura actual. La historia ya ha emitido su veredicto; ahora es la humanidad la que nos exige permitir que un anciano descanse, por fin, en su hogar.
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