Si yo fuera japonesa escribiría haikus, que son unos poemas brevísimos y contemplativos la mar de zen. Los haikus patanegra hacen de algún modo referencia, con alguna palabra puesta ahí a propósito, a la estación del año. "Nubes de nieve", por ejemplo, hace alusión al invierno; "libélula", al otoño; "hormigas", al verano. Si yo fuera japonesa, mis haikus de primavera contendrían sin duda "caracoles". Pero como soy de este sur, me sale cantiñear (para tormento del vecindario) por caracoles mientras tiendo una lavadora, o repetir la letra de aquel tango de Mairena: "Qué ganas tengo que llegue/ el mes de los caracoles/ pa yo comprarle a mi niña/ unas botas de botones".

Sin ser una afición -casi una adicción- exclusiva de Sevilla, la caracolofagia, su rito y cartografía, es algo que aquí se aguarda y se vive con verdadera entrega. Debiera incluirse (en plan transversal, como se dice ahora) en el programa de Fiestas Mayores. No usaré ese recurso tan manido de decir que el sorbetón democratiza, pues "allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ e consumir" y también las gentes del pueblo; diré mejor que comer caracoles es algo popular, comunitario y divertido. Los caracoles tienen algo de burgaíllos de tapia, de pipas en poleo, de caviar de arriate, de almejas de Lebrija. Su caldo es un buche de exotismo; al beber las especias, el bambito se nos antoja peplo de seda. Hay quienes los ingieren en comunidad -plato al centro-. Yo los prefiero para confesiones íntimas entre amigas, hay algo en la succión y el manejo del palillo que incita a la confidencia. Es posible conocer la dicha o desdicha de una pareja con sólo verles tomar juntos una tapa de caracoles. Quienes los compran en tarrinas y las cuelgan en el manillar de la bici, pedalean muy lentamente, como si paladearan la distancia hasta la casa. El avariento los toma solo y sentado de frente, los dos codos apoyados en la barra, huraño con quienes tratamos de acercarnos a pedir. Todos conocemos en facebook a alguien que le saca fotos a su cerveza y su tapa de caracoles. No hay perdón para el bar que los recalienta en el microondas o los compra hechos. Rezuman en los puestos callejeros y del mercado los animales lentos y atrapados en la red.

Pero no me quiero olvidar -antes bien, quisiera rendir un sentido homenaje- a todas esas gentes que maldita la gracia que les hace que llegue del mes de los caracoles. Que se estragan con ver sólo uno, que se descomponen vivos al escuchar el largo sorbetón y que, a pesar de todo, se dejan arrastrar resignadamente hasta la barra, sufren invasiones del tipo "no te gustan porque no los has probado; cómete sólo este, porfa, hazlo por mí; si me quieres cómetelo" y te avisan "que te vas a quemar con el caldo" antes de que efectivamente te abrases el píloro. A todas ellas, mi gratitud en poleo.

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