Manuel Barea

La muerte de Reyes y los necios

El féretro de Reyes tras el funeral en Utrera. El féretro de Reyes tras el funeral en Utrera.

El féretro de Reyes tras el funeral en Utrera. / Antonio Pizarro (Sevilla)

TODO el mundo habla estos días del accidente de José Antonio Reyes. Y todos parecen saber todo lo que hay que saber –y algunos incluso más– sobre lo que ocurrió. Pero los únicos que podrían saber lo que de verdad pasó sólo tuvieron un fragmento infinitesimal de tiempo para intentar comprender lo que ocurría. Y después, nada. Una explosión y a continuación el silencio eterno. Así que no hay nadie que, por su propia experiencia, pueda contar lo que de verdad aconteció en la carretera y en el interior del vehículo. Ni Reyes ni su primo Jonathan, el otro muerto. En cuanto al superviviente, aún es pronto para saber si las secuelas le permitirán recordar algo y si, en el caso de poder hacerlo, él esté dispuesto a otra cosa que no sea echar una manta de olvido encima del 1 de junio de 2019.

La ligereza con la que tantos necios hablan estos días de la tragedia de Reyes provoca náuseas. Muchos de los que pertenecen a esta profesión de periodista –que no es ni de lejos lo mismo que ser periodista, por mucho que presuman de título, exhiban un carné y pertenezcan a una asociación, un colegio o un sindicato– no se han diferenciado nada de esos mastuerzos que desde que se supo la noticia se han lucido como asquerosos pornópatas de la elucubración (y no sólo en las redes sociales, a las que ahora se culpa de prácticamente todo).

Fue toda una aventura en los instantes –y días– posteriores al accidente encontrar un bar que no estuviera colonizado por uno o más enterados que competían –por supuesto en voz alta– en sapiencia y conocimiento sobre las causas del siniestro. Oyéndolos, la única conclusión que se podía extraer de su sabihondez es que iban dentro del coche junto a las tres víctimas y que en el preciso instante del accidente fueron absorbidos por una fuerza sobrenatural y teletransportados a salvo a un lugar seguro en una experiencia más propia de uno de los fantasiosos episodios de En los límites de la realidad. Sólo así puede entenderse tamaña docencia sobre la tragedia.

Pero toda esta cháchara alrededor de la desaparición violenta de un hombre joven y célebre como futbolista no es sino el resultado de la perversión de la muerte como espectáculo de masas. Aunque se nos quiera hacer ver que se acude deshecho por la compunción a la capilla ardiente a velar al difunto y a rendirle un último y merecido homenaje y a arropar a sus familiares y amigos, lo que la mayoría hace es acercarse a ver a otros famosos cuya presencia está asegurada y a fundir la batería del móvil disparando fotos a todo lo que se mueve, incluido el féretro cuando es trasladado de un lugar a otro.

Mientras tanto, los medios difunden en prime time escenas saturadas de sentimentalismo invasivo: porque no basta con sentir las emociones, hay que demostrarlas. Pero sobre todo hay que mostrarlas, airearlas. También ya con esto hay toda una competición pública. El dolor en privado, la aflicción en la intimidad, no cuentan. No valen. Para que la conmoción sea aprovechable –o sea, rentable– tiene que ser totalitaria. Y así, con todas esas imágenes y todo ese rumor se engordan los índices de audiencia y se aumenta el tráfico de chismes –lo llaman información– a tanta velocidad como al parecer, según todos esos enterados incapaces de guardar siquiera un minuto de silencio, corría el coche de Reyes.

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