La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los adoradores, los nuevos agradaores
UNA persona, para vivir diariamente, necesita el oxígeno que producen 22 árboles; sin embargo, mientras la población del mundo aumenta, en este mismo momento, cada día miles de árboles milenarios se están talando en la Amazonía.
Para hacer espacio al tranvía, muchos naranjos y plátanos frondosos desaparecieron de la Avenida de la Constitución y, por otro motivo, del Prado por decisión de Monteseirín. Hoy, cinco eucaliptos centenarios que podían vivir al menos otros cien años en el Parque de María Luisa de Sevilla, como consecuencia del descuido, de la agresión del ambiente o del contagio, primero han sido declarados enfermos incurables y luego han tenido una "muerte indigna asistida".
A un proceso similar están sometidas las numerosas palmeras que llegaron para la Expo del 29 provenientes de varias partes del mundo. Una de ellas es de una especie de hace millones de años. Unas palmeras han muerto y se mantienen como grises muñones testimoniales; las demás, que superan ampliamente el centenar, o enseñan sus cavernosas heridas, o están sometidas a tratamiento, o se encuentran soportando la insoportable infección del implacable picudo rojo. Ojalá no sean declaradas como enfermas incurables como ya ha sucedido con algunas de la Avenida. Desde hace tres años no veo plantar árboles ni reemplazar la vegetación agónica.
El Parque de María Luisa, a este paso, de forma silenciosa, corre el peligro de convertirse en hospital y cementerio de la naturaleza que tanto preocupó e inspiró a los románticos intelectuales, filósofos, poetas y artistas del siglo XIX.
¿Cómo es posible que suceda esto en Sevilla, cuya máxima belleza precisamente proviene de su vegetación ("verde que te quiero verde"), de su olor ("huerto donde madura el limonero"), de su color ("tiene un color especial")? ¡Qué sería de esta ciudad sin azahares, damas de noche, buganvillas, claveles, gitanillas, incienso y canela? Responda usted, no espere la de los poetas ni la de los políticos. La respuesta no la tienen ellos. Imagine usted ¿qué sería el Alcázar sin rumor, sin olor y sin color?
"Pero lo que usted ha visto no solamente sucede aquí", me dice uno de los trabajadores que estaba amortajando con una afilada sierra uno de los cinco eucaliptos del parque. "Me contrataron para hacer lo mismo con centenares de eucaliptos propiedad de la papelera de Huelva y también de pinos en Galicia ¿no se ha enterado que también están soportando las plagas?".
Un inconmensurable reajuste está haciendo la naturaleza debido a la intensiva explotación de los recursos naturales no renovables, pensé.
Cien años habrá que esperar para ver otro eucalipto como el que ha muerto en el parque, mil años para ver tímidamente reverdecida la Amazonía porque no admite una reforestación programada, sino solamente un lento y largo proceso que hará posible la emergencia de factores similares a los de la selva original.
"¿Sabe usted? El picudo vino con las palmeras que se importaron para las urbanizaciones que se construían en el litoral en plena burbuja inmobiliaria; entró por Almería y Málaga", me dice el trabajador. ¿No se hicieron los correspondientes controles?
En la era de la globalización capitalista hay muchos intereses incrustados en los gobiernos. Estamos inmersos en una situación que ha provocado la expulsión de sus lugares de nacimiento de más de 250 millones de personas hacia los países llamados desarrollados en los cinco continentes. Desde 2008, uno de cada dos habitantes, después de abandonar el campo porque allí la esperanza ha muerto, ya vive en megaciudades (más de 20 millones de habitantes) y núcleos urbanos.
Estamos en la era de la implacable explotación intensiva de los recursos naturales no renovables. En pocos años, en Borneo, cuatro millones de hectáreas de bosque milenario se han convertido en monocultivo de palmas de aceite y se proyecta hacer igual cosa en unos seis millones hectáreas en Malasia, además de 16,5 millones de hectáreas en Indonesia. Arrasan los bosques originales para sembrar palma de aceite. Una eficiente forma de conseguir el lucro, sin importar la definitiva pérdida de la biodiversidad: aves polinizadoras, insectos, bacterias, fauna menor, plantas, etcétera, y la pérdida del ciclo de la vida. ¿Cómo van a permanecer en su lugar de vida los campesinos paraguayos si millones de hectáreas han sido compradas por empresas chinas para cultivar soja y exportarla a China sin la participación de trabajadores paraguayos?
En medio de esta situación el Parque de María Luisa, un incomparable Bien de Interés Cultural, no está acechado solamente por las plagas naturales, sino también por los vándalos, y lo que es peor: los responsables de su protección no consiguen hacer lo suficiente.
También te puede interesar
Lo último