La post-torrija

06 de febrero 2026 - 09:39

En estos días, en que la cibersevillanía está que trina porque han abierto en el centro un local de torrijas ilustradas con toppings (vulgo, avíos), lotus (que no sé qué es) y matcha (que tampoco), me he acordado de la auténtica precursora de la torrija inclusiva y transversal, una finlandesa que vino a Sevilla para perfeccionar su cante –en Helsinki era vocalista de un grupo de flamenquito apaleado llamado Ola de Calor–, con la que compartí mi casa y el año más divertido del mundo. Como no había tradición sevillana a la que no se apuntara mi ruiseñora boreal, en cuaresma se encerró en la cocina con una sartén y un pan sin gluten (¿?), que cortó y emborrachó con una botella de becherovka que yo tenía, se conoce, mal escondida. Para mi gusto le quedaron fuertecillas. La torrija fue monumental.

Yo sé que el sabio pueblo está que pilla moscas desde que ha visto en TikTok la promo que hacen unos influencers a dicho tex-mex de la torrija, con marcha procesional de fondo y estampas de vírgenes. A qué tanto rasgarnos las vestiduras con esta iniciativa, cuando hace tiempo hemos entregado con entusiasmo el centro entero a la londonización y el glutamato, y hasta los aborígenes mismos hacen cola para pillarse unos churros (antes, calentitos) con lacasitos por lo alto o unos gofres cipotoides o un café de boquete, y hay bares de siempre donde ya más nunca, y hemos convencido a los turistas de que lo nuestro auténtico es la sangría y una paella enteriza para cenar en las noches caliginosas. A qué este mal de torrijas que nos aflige; a qué lamentarnos por la franquicia de tortillas de los huevos de oro, o por esa otra donde despachan lagrimitas de pollo compungido. A qué tanta endecha, si la cafetería de la esquina es ahora tres apartamentos turísticos a pie de calle, que por lo menos evita el carajazo del balconing. Hace poco, mi vecino de página Rafael Castaño –abandonen esta lectura y corran a la suya– se refería a la ciudad dónut, como esta nuestra que desfonda su centro y hace de él una falsificación de lo que había, un franquiciado de diarrea colorista, el paraíso chino del recuerdo de Sevilla. Me pregunto qué responsabilidad tengo en todo esto, si solo soy una pobre víctima de todo este desconcierto, qué puedo hacer o dejar de hacer –qué corto pero firme movimiento– ante esta derrota y derrotero de la ciudad que habito. Me respondo que no es bueno llorar con un solo ojo.

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