Fragmentos
Juan Ruesga Navarro
Una nueva generación, un mundo nuevo
OTRA vez, en serio? ¿Otra vez la historia del gotoso y de sus seis esposas? Pues sí, otra vez. Al parecer, nunca es suficiente para el país que ama tanto a su rey barbazul y barbaroja que ha hecho de su lista de esposas una entrañable colección de adornos de Navidad.
Sólo que esta vez, la versión masacra a todas las demás. Hace unos días se cerró en la BBC la que suponemos primera entrega de Wolf Hall, adaptación de las novelas de Hilary Mantel, que cuentan la historia desde el punto de vista de Thomas Cromwell, el consejero que llegó a ser primer ministro del iracundo monarca Enrique VIII.
Con esos mimbres, asumimos que la producción va a ser sobrecogedora. Eso está hecho. Sobrecogedores son también los personajes, que desfilan ante ti como si fuera la primera vez que los contemplas. Damian Lewis (Homeland) le da rostro a un Enrique VIII que no pudo, pensamos, ser de otra manera. Pero es que hasta el verdugo de la Bolena sería digno de una historia aparte y a medida.
Pero, por supuesto, es Mark Rylance quien se lleva la parte del tigre. Tras verlo actuar en Wolf Hall, de hecho, la mitad de la fauna actoral del mundo debería entregar sus credenciales. Rylance nos enseña cómo es ser una sombra, desterrando a algún círculo infernal a todos los intrigantes de gato albino -grande la definición de la mujer de Tomás Moro: "Encierra a Thomas Cromwell en una mazmorra y, por la tarde, estará tumbado sobre unos cojines con los celadores debiéndole dinero"-.
El Cromwell que vemos en este arranque de Wolf Hall se revela implacable y letal y nos escalofría. Pero nos escalofría por su miedo, un miedo de médula, fuera de clichés e histrionismos, que parece congelarse a su alrededor. El tipo de miedo, ahora lo sabemos, que hace sobrevivir a las sombras.
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