La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
CREO que estamos ante una situación excepcional con un futbolista excepcional como protagonista y, por ende, víctima. Creo igualmente que se ha desencadenado una feroz campaña de fariseísmo en la que se le está viendo el plumero a más de uno. Estoy, claro, en la cosa de la sanción impuesta al uruguayo Luis Suárez, que hasta el nombre lo tiene de futbolista grande, y que conviene analizar con serenidad y, a ser posible, sensatez.
De siempre, morder en un campo de fútbol se empleaba sólo en sentido metafórico. Morder era echarle el aliento en el cogote al contrario, atosigarle por todos los rincones de la cancha o no darle un solo respiro a la hora de pleitear por un balón más o menos dividido. Para Luis Suárez, morder es otra cosa; mejor dicho, no es otra cosa sino lo que significa morder en el sentido más literal de la palabra, pero creo que el mandarinato se ha pasado a la hora de sentenciar.
Pienso que ha influido en esa desmesura de condena, que llega desde la inhabilitación temporal hasta la prohibición de ejercer de espectador, la campaña mundial que se le ha abierto desde los frentes más hostiles. Primero desde Inglaterra, país donde se gana el caviar y al que le dio el sofocón de mandarla a casa antes de lo previsto, hasta Brasil, anfitrión que, liberada de España, teme a Uruguay como a una vara verde desde cierto domingo del verano de 1950.
Y la FIFA, a lo suyo, a ser duro con las espigas y blando con las espuelas. Ya, ya sé que está mal visto morder, pero no me explico cómo se le da al acto una categoría distinta a la patada por detrás o al alevoso codazo que tanto pómulo y arco cigomático se ha llevado por delante. Morder está mal visto, es innegable, y nunca el hombre debe apelar a ese movimiento para la agresión, pero no hay quien me saque de la convicción de que el castigo a Suárez es una desmesura.
También te puede interesar