Las dos orillas

La semana de cuatro días

En el trasfondo hay dos deseos evidentes: trabajar menos y cobrar más. El populismo distrae con eso

El ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones (vaya nombrecito) es José Luis Escrivá, y suele ser citado como uno de los más sensatos del Gobierno, lo que no tiene especial mérito. En unas declaraciones dijo que en España no se dan las condiciones de competitividad ni hay niveles de productividad para implantar la semana laboral de cuatro días (con tres de descanso), como ha sugerido Pablo Iglesias. Según parece, el Gobierno no se lo plantea. Sin embargo, ya lo han lanzado como un globo sonda. A ver qué dicen. Y a ver si se rebrincan demasiado los que trabajan siete días a la semana en sus pequeños negocios, o los que no trabajan ninguno porque están parados, o lo que sea, y pueden ver con envidia el nuevo chollo.

Algunos empresarios y capitalistas en general se llevan las manos a la cabeza, y leen a Adam Smith (como penitencia), viendo las medidas económicas que propone cierta izquierda, de tendencias alegres, y propensas a creer que viven en el país de las maravillas. A ver, que estamos en España, lo único importante. Es lo que decíamos antes de Frankenstein Existe. Según esos mensajes, lo guay sería la semana laboral de cuatro días, y subir el salario mínimo, las pensiones y el sueldo de los funcionarios. A lo que se añaden las prejubilaciones anticipadas y la edad de jubilación, que sube lentamente entre críticas. Es decir, un sistema confuso, para el que no haría falta un ministro como Escrivá, sino encomendarse a San Pancracio, si no fueran ateos. ¿Y cómo hacerlo sin creer en los milagros?

En el trasfondo de lo reseñado hay dos deseos evidentes: trabajar menos y cobrar más. El populismo distrae con eso, en la teoría que maneja Pablo Iglesias. Aunque en la praxis, el populismo deriva en personajes como Maduro y sus discípulos. La fórmula para conseguirlo es poco verosímil: que lo paguen los ricos. Sin valorar que hay ricos que en un momento dado ya no lo son. O se piran, y no necesariamente a los Emiratos, sino al sol que más calienta.

El domingo se inventó porque hasta Dios necesitaba un día de descanso. Y con el tiempo se ha visto que los puentes festivos pasaron de ser considerados improductivos a convertirse en chollo para el turismo. Hasta que llegó el Covid-19. En realidad, algunos pueden ganar en cuatro días más que otros en seis. Y trabajar más en cuatro días que otros en seis. A lo mejor no es un problema de días, sino de repartir mejor el tiempo y el dinero. Pero para eso hacen falta análisis solventes, no populismo de salón.

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