Fragmentos
Juan Ruesga Navarro
Una nueva generación, un mundo nuevo
FELIPE González acuñó hace ya algunos años, con notable éxito de crítica y público, la comparación de un ex presidente del Gobierno con un jarrón chino: se supone que es valioso y que hay que conservarlo pero nadie sabe para qué sirve y se ponga donde se ponga estorba. Nadie duda de que es así, aunque en los últimos meses él se ha convertido en un jarrón chino con presencia activa en la política española. Habla con la autoridad que le da su ascendiente en el partido y la imagen de estadista que, mejor o peor, acompaña de por vida a quien puede acreditar una hoja de servicios al Estado como la del político sevillano. Ello lo ha convertido en una especie de oráculo al que hay que escuchar, aunque luego se le haga menos caso del que cabría imaginar. Desde la nube en la que sobrevuela la escena española y especialmente los avatares de su partido, González mantiene una sólida relación con Susana Díaz y nunca ha ocultado su predilección por la presidenta de la Junta, que lo consulta con frecuencia y del que recibe consejos que casi nunca caen en saco roto. Ahora el augur ha vuelto a indicarle, esta vez en público, el camino: si él fuera Susana Díaz se centraría en Andalucía y no aspiraría a disputarle el puesto al secretario general en el próximo congreso si éste no logra la investidura como presidente del Gobierno. Dando por descontado que Felipe González no dice lo primero que se le pasa por la cabeza y que es consciente de que el PSOE es todavía un partido a la búsqueda de un liderazgo y un proyecto para España hay que concluir que la posición nacional de Susana Díaz no es ya la misma que era antes de, por poner una fecha, las elecciones del 20 de diciembre.
En efecto, han pasado muchas cosas. La principal es que la propia Susana Díaz ha hecho un reposicionamiento estratégico y ha visto que no se daban las circunstancias para abordar la aventura nacional, aunque no por ello ha renunciado a hablar cuando lo ha estimado conveniente y a condicionar el debate en el seno de su organización. La última reunión del Comité Federal y la intervención que se filtró a los medios es buena prueba de ello. Pero entrar ahora en una pugna por el liderazgo era meter al partido en una crisis que le podía ser letal a corto plazo y que incluso podría afectar la sólida posición que tiene en Andalucía. El cambio de postura ha sido drástico: Susana Díaz ha reforzado su papel institucional como presidenta de la Junta y un día sí y otro también su agenda se llena con actos de contenido social o económico para la región, al tiempo que anuncia proyectos concretos para las zonas que visita.
Al mismo tiempo se ha producido otro fenómeno que ha cambiado sustancialmente el panorama interno del PSOE: Mariano Rajoy le ha hecho a Pedro Sánchez el favor de su vida y lo ha colocado en el centro de la escena política y en el único dirigente que tiene posibilidades reales de llegar a la Moncloa. De ser casi un proscrito sin apoyos reales en el PSOE ha pasado a ser la única esperanza de que los socialistas vuelvan a protagonizar la política española. Sánchez es ahora mismo incuestionable y si hay alguien que sabe bien medir esas magnitudes es Susana Díaz. Otra cosa es hacia dónde sople el viento en los próximos meses.
¿Significa todo esto que la presidenta de la Junta ha tirado la toalla? Ni mucho menos. En política la realidad cambia a una velocidad endiablada y lo que hoy domingo es negro puede ser blanco mañana lunes. Susana Díaz sabe que tiene una envidiable proyección nacional y capacidad de liderazgo y lo utilizará si llega el momento. Pero por ahora parece dispuesta a seguir el consejo del oráculo. A veces hasta los jarrones chinos indican el camino.
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