La ciudad y los días

carlos / colón

El timonel del galeón

ERA un León, de los León del Silencio, casado con una Ybarra, de los Ybarra del Silencio. En las hermandades los apellidos no significan privilegio, sino servicio. Tres siglos de historia de la Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla le iban en la sangre. Le arrió el corazón casi a la misma hora en que lo hace el paso de Jesús Nazareno. No fue tan puntual como El Francés, que murió dos horas después de dejar el llamador de la Macarena, pero el momento de la verdad le llegó a la hora más íntima del Silencio, cuando Jesús Nazareno -lirios empezando a marchitarse, cristales de los faroles de galeón salpicados de cera- está enmarcado en la puerta que da al compás de bancos y búcaros; cuando los primitivos hermanos con más madrugadas a cuestas se sientan, felices y derrengados, comentando la estación; cuando parece que todavía, en el cuarto en el que hoy se venden velas y estampas, están echándose un cigarrillo sin filtro, unos vestidos de ruán y otros de terciopelo morado, los León y Arias de Saavedra, Dávila, Pozo, Ybarra, Delgado Roig y el marqués de Villamarta.

Ha muerto el capataz de Jesús Nazareno. ¡Lo que han visto estos ojos y ha sentido este corazón! Quien ve pasar las cofradías sabe la mitad sobre ellas. O menos. Una cofradía sólo se conoce viviéndola. Y este hombre ha vivido toda su vida nazarena en el Silencio y más de 20 madrugadas ante Jesús Nazareno.

Siempre que muere un primitivo nazareno es Madrugada con escalofrío de saetillas. Estamos en el patio de San Antonio Abad. Pasan las seis de la mañana. El penúltimo nazareno entra en la Real Iglesia, que huele a cera quemada, incienso frío, agonía de pabilo y azahar vencido, para rezar su última oración ante Jesús Nazareno y la Concepción. Después atraviesa el compás, se pone el capirote atirantándose bien el antifaz en busca de esa severa perfección a la que obliga ser primitivo nazareno y sale por la puerta de Alfonso XII. En la iglesia vacía sobre la que va naciendo despacio la primera luz del Viernes Santo, más pálida la Concepción, más fría la plata, más dulcísimo que nunca Jesús Nazareno, quedan los últimos nazarenos del Silencio, los que no se van, los que visten para siempre su túnica, los que hacen su ininterrumpida protestación de fe esperando allí la resurrección de los muertos. Desde está hoy con ellos Antonio León, voz quebrada de timonel del galeón de Jesús Nazareno.

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