La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El toque de queda, la derrota del buenismo

Hemos pasado en poco tiempo de abrir 'botellódromos' a barajar el toque de queda para controlar a la muchachada

Jóvenes haciendo botellón. Jóvenes haciendo botellón.

Jóvenes haciendo botellón.

El toque de queda será la confirmación de que el buenismo está muy bien cuando todos llegamos a fin de mes, pero es una forma inútil de hacer política. En esos períodos de boyantía económica podemos dedicarnos a las mamarrachadas, montar mesas de diálogo, comisiones, alianzas de civilizaciones, observatorios, centros de interpretación, tener cuatro universidades por cada capital, un polideportivo por cada municipio, tres piscinas por coda comarca y todo eso en lo que usted está pensando. Cuando tenemos de todo, los políticos pueden abonarse a esos discursos salpicados con guiños a los jóvenes "más preparados" y otros mensajes previsibles, que por generales no dicen nada y por simplistas lo dicen todo. Pero, oh qué desgracia, resulta ahora que los ruegos a la población no sirven para nada, que vivimos como si no hubiera un mañana, que los jóvenes organizan la botellona como si tuvieran claro el lema de Mañara: In ictu oculi. Quizás cambien levemente el himno anarquista para su adaptación a la España de 2020: "¡A las barriladas, a las barriladas!".

Tanto máster, tanta oferta de enseñanza multidisciplinar, tanta educación bilingüe, tanta estancia en el extranjero, tantos dobles y triples grados... pero tenemos que aplicar las viejas soluciones. Toque de queda que te crió. No hay otra manera de meter en cintura a la población inconsciente por joven. Nadie quiere hacer el análisis sobre las carencias y las vergüenzas que está dejando al desnudo esta crisis. El concepto de autoridad está por los suelos. El buenismo no sirve. Cada región va como pollo sin cabeza. Cada gobierno hace la guerra por su cuenta. Las órdenes van seguidas por contraórdenes. No tienen ni pajolera idea de qué hacer cada día. Se toman las decisiones duras sólo cuando las cifras de contagios e ingresos nos anuncian que estamos al borde del acantilado. Está por ver quién pagará los efectos de tanta incompetencia, tanto desatino y tanto miedo envuelto en el celofán del tacticismo. Ahora pagarán los bares para que la muchachada no coja las trompas en la calle como si fueran turistas británicos en Mallorca.

Al octavo mes de pandemia señalan con el dedo acusador a la juventud, ese valor sobrevalorado sencillamente porque sí, porque en los mítines tocaba hablar bien de los jóvenes por el mero hecho de serlos. Nadie quiere juicios equilibrados, la búsqueda de los contrastes, o un pensamiento crítico. Pasamos de querer abrir botellodrómos a barajar el toque de queda para impedirlos. Y en Madrid, mientras, se pinta otra vez la España de los garrotazos.

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