Sine die

Ismael / Yebra

El triunfo del regateo

QUIEN viaje con frecuencia a países alejados de nuestro entorno sociocultural comprobará fácilmente que el precio de las cosas no está estipulado de antemano ni mantiene un valor fijo. Cuando uno entra en un zoco marroquí o en el Gran Bazar de Estambul el dolor de cabeza está asegurado. Acostumbrados como estamos a que las cosas tengan un precio marcado en la etiqueta o que las tarifas de taxis y restaurantes figuren a la vista del cliente, en esos países la cuenta es incierta y todo está sujeto al regateo.

Aparte de la desorientación que trae consigo, el hecho de estar todo el día discutiendo el precio de las cosas, desde situaciones tan cotidianas como comprar unos zapatos o un kilo de naranjas hasta otras más complejas, ocasiona un desgaste que termina por cansar. Cuando uno permanece dos horas en el Gran Bazar rodeado de una exuberancia increíble de objetos, aromas, ruidos y colores, está francamente agotado. No sabe uno si las compras efectuadas han sido a buen precio o, al contrario, hemos sido engañados. Duda uno de todo, por no decir que termina uno dudando hasta de su propia identidad y de la de su acompañante.

Al hacerle este comentario a un amigo de origen jordano, éste me hizo ver que el mundo funciona así. La bolsa, los precios de la gasolina, la compraventa a gran escala: El mundo -me dijo- se mueve con el regateo. Las grandes decisiones internacionales funcionan así. Llevaba razón. Pero yo justificaba eso a gran escala. Para la vida cotidiana me resultaba y me sigue resultando agotador tener que estar continuamente pleiteando por actos cotidianos.

Definitivamente, el regateo se ha impuesto. Antes un billete de tren costaba tanto y en paz. Lo mismo daba sacarlo el mes anterior que minutos antes de partir. Ahora que si el horario, que si la mesita, que si la antelación… nadie sabe cuánto vale un billete de AVE, un pasaje de avión o un fin de semana en un hotel. Las tarifas de telefonía son tantas y tan confusas que es complicado saber elegir la que a uno le interesa. Te dejan escoger si te la dan por aquí o por allí, pero lo que es seguro es que te la dan. Si uno se mete en una página y pide precio por algo, media hora más tarde ya no es el mismo. Ha subido o se ve uno obligado a aceptar condiciones diferentes. No hay duda. La globalización ha traído consigo, entre otras cosas, la confusión y el definitivo triunfo del regateo.

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