La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Las ventajas del coronavirus

Sería sano acabar con los tíos que meten el tenedor chupado en el plato común de las entradas

Seamos positivos. Alguien vende pañuelos cuando los demás lloran y determinadas alarmas pueden generar algunos beneficios. No todo lo que trae el coronavirus es una desgracia. ¿Se imaginan que conseguimos que la gente se lave las manitas con más frecuencia? Y se destierre ese asqueroso hábito de compartir plato en los entrantes, donde la gente mete el tenedor chupado. Es horrible cuando alguien después de haber introducido el tenedor usado en la ensalada se ofrece a remover la lechuga aún mas con el susodicho tenedor para que la sal se extienda más. El coronavirus ha traído la gran ojana de ver por Sevilla a algunos individuos con la mascarilla puesta. No sirve absolutamente para nada, salvo que se trate de un infectado, pero el otro día la llevaba un señor por Sierpes. Eso es ser proactivo. El coronavirus es a los apartamentos turísticos lo que la lluvia a los veladores. Reduce la clientela. Mire usted por dónde se corrigen los excesos... Y no está de más acabar con el besuqueo, los abrazos excesivos y las manos voladoras en las misas. ¿Cuántas veces no se pierde la solemnidad de la ceremonia religiosa cuando llega la hora de darse la paz tal como dicta el Concilio Vaticano II? Y qué decir de los besamanos. ¡Si basta con hacer una leve inclinación! Qué manía con besar manos y talones y contribuir a la degradación de la madera. El coronavirus nos obliga al recato, la moderación, la prevención, sanísimas virtudes que escasean en la vida cotidiana. Jamás he plantado los labios en una imagen y no por eso he perdido la oportunidad de cumplir y disfrutar con el culto más íntimo al que se expone un Cristo o una Virgen. Un besamanos es también una oportunidad para mirar de cerca sin necesidad de contacto físico. ¿Y qué ocurrirá con los besuqueos entre sudorosos costaleros al final de la estación de penitencia? Tengamos esperanza. Con lograr evitar a los tíos (y tías) del tenedor chupado metido en el plato común ya nos podríamos dar por satisfechos. Fíjense en que suelen ser clientes de restaurantes sin manteles donde el pan esta buenísimo y suele ser abundante porque las raciones son cortas y usted se acaba zampando una talega de Alcalá. Si el coronavirus mete en cintura a los apartamentos turísticos y se retorna al plato individual nos podemos dar por satisfechos. En lo demás, practiquen el saludable e higiénico cabezazo. ¡Para qué tanto tocamiento con desconocidos! Está visto que el coronavirus corregirá hasta algunos hábitos que introdujo el Vaticano II. Ya si nos quitaran las guitarras de las misas... Pero eso es mucho pedir.

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