EN la superficie de las cosas, en esa espuma de la realidad que es lo primero que se ve, el verano que acaba ha sido como todos los veranos: playas atestadas, colas en los chiringuitos, hoteles completos, viajes preparados con mucha antelación y precios desorbitados. Nadie parece haberse privado de nada (nadie que no se privase otros años, quiero decir).

¿Acaso padecemos el síndrome del lord inglés al que se le quemó la casona y aplazó el disgusto hasta el momento de su regreso? ¿Hemos decidido, con instinto colectivo, aparcar la crisis y tirar los últimos cohetes antes de que, cuando llegue septiembre -hoy-, todo sea no maravilloso, como nos prometíamos cantando, sino desolador? Ya digo, aparentemente es así. Carpe diem antes del batacazo.

Pero si nuestra propia inconsciencia voluntaria no nos cegó del todo habremos de convenir en que el veraneo de este verano ha sido distinto para muchas personas. Y en caso de duda, consúltese con los profesionales del sector afectado, es decir, el hostelero e inmobiliario. Ellos nos dirán que la estancia media en hoteles y apartamentos se ha reducido sensiblemente, quien reservaba o alquilaba durante quince días se ha quedado este año en diez y quien lo hacía para una semana lo ha hecho para un fin de semana alargado; que los carteles de "se alquila" en los bloques que en otro tiempo se descolgaban desde la primavera siguen este año polvorientos e inútiles; que no hay que mandar una hora antes a los mayores a coger mesa en los comederos habituales porque hay sitio de sobra y la gente come en casa...

Todo esto lo reflejan las estadísticas sobre caída de los flujos turísticos, bajada del consumo y parón de los créditos, pero existen otros índices más definitivos, aunque también menos científicos, acerca del alcance de la crisis. Por ejemplo el índice de neveritas, filetes empanados y tortillas de patatas por familia que va a la playa a echar el día al menor coste posible, que se ha disparado en proporción inversa al índice de visitas al chiringuito y comidas en el restaurante. O el índice de tumbonas sin alquilar, que se ha multiplicado en todas las grandes playas, mientras el índice de propinas se ha venido más abajo que sus compañeros bursátiles. Pero quizás ninguno ha sido tan evidente como el índice de recuperación de la vida familiar. La crisis ha propiciado que se reúnan al fin los hermanos más alejados -en la casa del pueblo-, los cuñados descubran al fin su insospechada empatía, los críos comprueben lo bien que se come en casa de los abuelos y todos en feliz comunión se reencuentren con la patrona en la feria. Los ancestros, que tiran mucho.

Cómo estará de achuchada la cosa, pese a las apariencias, que este verano no hemos tenido ni canción el verano.

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