EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Otra vez la enseñanza

LOS defensores de nuestro actual modelo educativo sostienen que el sistema es bueno porque muchos universitarios españoles encuentran trabajo en Europa y en Estados Unidos. Este hecho es incuestionable, pero lo que esos defensores omiten es que esos universitarios son sólo una minoría. Porque nuestra sistema educativo logra crear un porcentaje no muy grande -un 15% o un 20% a lo sumo- de licenciados muy bien preparados, que hablan inglés y que saben expresarse con corrección y argumentar una idea. Pero el problema grave es que el restante 80% se divide entre alumnos sin conocimientos de idiomas y con problemas de expresión y de comprensión lectora (¡y estoy hablando de universitarios!), que quizá sean un 40%, y otro 40% de alumnos que sencillamente no están capacitados para la enseñanza universitaria, porque no saben redactar una frase ni expresar una idea, y además presentan graves problemas de sintaxis y de ortografía.

Sé de lo que hablo porque hice una prueba práctica con alumnos de 3º de Derecho de una universidad andaluza. Alrededor del 15% de esos alumnos sabían entender y comentar un texto relacionado con su disciplina (en mi caso, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos). Esos alumnos que escribían bien y que demostraban haber leído algún libro o algún periódico en su vida son los que encuentran trabajo fuera de España. Pero tengo serias dudas de que el ochenta por ciento restante pueda encontrar trabajo, no sólo fuera de España, sino aquí mismo. Esos alumnos tenían problemas serios -repito, serios- para entender un texto relacionado con su especialidad y apenas sabían expresarse por escrito. Y da bastante miedo imaginarse qué clase de jueces y abogados y legisladores saldrán de este 80% de alumnos que apenas saben redactar una línea.

El gran problema de nuestra enseñanza pública es que no puede limitarse a obtener un 20% de alumnos excelentes. Con unos resultados tan pobres, la ciudadanía tendría derecho a exigir que se retirase dinero público del sistema educativo y se redistribuyera en sectores que lo necesitan mucho más, como la sanidad o los pensionistas o los parados. Las cosas son así. O nos atrevemos a cambiar el sistema de arriba abajo, sin dogmatismos estúpidos por los dos lados -como la obsesión por las clases de religión de los obispos, y el empecinamiento de cierta izquierda en mantener que el sistema educativo sólo necesita una nueva inyección de dinero público-, o seremos uno de los países del mundo que gasta más dinero público en un sistema que se acerca al fracaso absoluto. Y eso sería otro de nuestros grandes récords en fracasos: fracasos políticos, fracasos sociales, fracasos económicos. Y ahora, educativos.

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