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Un viejo error

Batet quiere premiar a quienes pretenden laminar cualquier asomo de pluralidad en sus dominios

Volvamos, una vez más, a Hobsbawm. Hace ya tres décadas que el historiador anglo-germano recordaba que las libertades y la pluralidad cultural se conservan mejor en los grandes estados, porque las regiones nacionalistas buscan una homogeneidad étnico-lingüística contraria a cualquier tipo de pluralismo. Esta obviedad la escribía Hobsbawn tras la caída del Muro, cuando los nacionalismos afloraron con virulencia en Europa del Este. También sabemos que la guerra no tardó mucho en llegar a Yugoslavia con su inevitable poética de razas puras y pueblos degenerados y culpables. Sin embargo, tales enseñanzas, dolorosamente adquiridas durante el siglo pasado, no rigen para la política española. De ahí que la ministra Batet quiera premiar con mayores potestades a quienes pretenden laminar, y de hecho han laminado ya, en buena medida, cualquier asomo de pluralidad en sus dominios.

Lo hemos visto durante décadas en el País Vasco y en Cataluña y ahora lo comprobamos en Navarra y Baleares. No se trata -nunca se ha tratado- de alcanzar mayores cotas de autonomía para beneficio de sus administrados. Se trata de utilizar dichos poderes para discriminar y perseguir, para orillar social y económicamente a quienes no compartan una visión, estrecha y milenarista, de la patria. Que la señora Armengol, en nombre del socialismo balear, prive de acceso a la administración a quienes no hablen catalán, no es una inocente muestra de folclorismo posmoderno. Es una deliberada exclusión, una dramática enajenación del cuerpo administrativo a una parte sustancial de sus ciudadanos. Lo cual equivale a decir que la señora Armengol (insisto, en nombre del socialismo) está creando una élite administrativa y social, de corte nacionalista, contra la mayoría social que los sufraga y los padece. Esto mismo lo podemos ver hoy, con indecible sonrojo, en el sanedrín catalanista. El estrepitoso reduccionismo cultural, la ignorancia ufana y majadera que exhiben, no ya las juventudes nacionalistas que acucian y señalan y agreden a los demócratas, sino el propio president Torra, cuyas plurales virtudes nadie ignora, son el colofón natural a este proceso de inmersión y jibarización social que conocemos bajo el rubro de nacionalismo.

Por supuesto, la señora Batet tiene el derecho -y acaso la obligación- de equivocarse de buena fe, tratando de ganar para la democracia al viejo lobo xenófobo. Lo que señora Batet no podrá decir, más tarde, es que ignoraba que mordiera.

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