Tribuna

Manuel García Fernández

Catedrático de Historia Medieval de la US

Elogios del rey santo por el rey sabio

El autor hace hincapié en la admiración que Alfonso X sentía por su padre, Fernando III, del que emuló muchas de sus prácticas políticas y personales durante su reinado Lo que Sevilla debe a Alfonso X

Monumento a Fernando III en la Plaza Nueva, que contiene una estatua de Alfonso X.

Monumento a Fernando III en la Plaza Nueva, que contiene una estatua de Alfonso X. / D. S.

Es conocido por muchos sevillanos que este año celebramos con diversas actividades académicas, científicas y culturales, el VIII centenario del nacimiento el 23 de noviembre de 1221 de Alfonso X en la ciudad de Toledo. El Rey Sabio, que ordenó ser enterrado en la ciudad de Sevilla, en cuyo alcázar andalusí murió el 4 de abril de 1284, ha pasado a la Historia de España por ser uno de los monarcas castellanos más vinculados, junto a su padre Fernando III y a su descendiente Pedro I, a esta muy heroica, noble, leal, invicta y mariana ciudad; hasta tal punto que bien pudiera ser considerado con evidente justicia un "monarca sevillano".

Y desde luego entre sus títulos regios Alfonso X siempre destacaría el de ser "Rey de Sevilla". La admiración del Rey Sabio por la ciudad de Sevilla, por su tierra y sus habitantes, que se recoge en celebradas palabras en el libro llamado Septenario, escrito precisamente en la corte regia de esta misma ciudad, es proporcional y sin duda consecuencia directa de la fascinación que Alfonso X sentía por su padre, el Rey Santo conquistador de Sevilla y su reino en 1248.

En los diferentes capítulos de este curioso libro, Alfonso X traza el retrato físico y sobre todo moral de su padre como un monarca de nobles modales cortesanos, corrección en sus palabras, discreción en el comer, beber y dormir, afición a la caza y a los juegos de tablas, así como su notable interés por la música y por los trovadores gallegos de su corte sevillana. Y sobre todo admiró del Rey Sabio la imagen caballeresca de un rey cristiano, siempre justo y afortunado en la guerra, querido y admirado incluso por sus enemigos granadinos.

La alta alcurnia de sus progenitores, de su padre el Santo Rey Fernando III, rey de Castilla y de León, y de su madre, la bella y prudente princesa alemana del linaje de los Staufen, Beatriz de Suabia, fue siempre un motivo de orgullo para Alfonso X. Además de ser un espejo político de perseverancias religiosas en el reino de Castilla y León. Un vasto reino que el Rey Sabio heredó del Rey Santo el 1 de junio de 1252 en la Catedral de Santa María de Sevilla. La Crónica de Alfonso X y la documentación de la época manifiestan la admiración de Alfonso X por la vida y la obra de su padre.

Las virtudes cristianas

En efecto, las virtudes cristianas de Fernando III, su devoción a Santa María, a la Eucaristía y también a los santos hispánicos, como el apóstol Santiago y su respeto por la Iglesia, fueron también bondades heredadas y practicadas por su hijo, como se narran en las célebres Cántigas de Santa María, con referencias a conocidos milagros marianos en los que intervienen como benefactores tanto su padre, como sobre todo su madre, algunos además con citas expresas a la ciudad de Sevilla y a su Virgen de los Reyes.

Pero fue en los aspectos políticos y estructurales de la organización de la nueva Andalucía cristiana del valle del Guadalquivir - Alfonso X se tituló frecuentemente "rey de Andalucía"- donde la continuación de la práctica conquistadora y también repobladora de su padre alcanzaría su mayor extensión, emulando y glorificando en muchos aspectos las empresas militares de Fernando III. Pues Alfonso X amplió el dominio cristiano por el río Guadalete y el Golfo de Cádiz, en una proyectada y fracasada cruzada norteafricana, e incluso en los frustrados intentos de conquistar la ciudad de Algeciras como el gran puerto andaluz del Estrecho de Gibraltar. Asimismo heredó y consolidó Alfonso X de su padre la vasta tarea de la repoblación de Andalucía ya iniciada por Fernando III, especialmente en las grandes ciudades del Valle del Guadalquivir; Jaén, Córdoba y Sevilla.

Y también desde luego aprendió el Rey Sabio de su padre la tolerancia y el respeto hacia otras religiones, rodeándose de fieles y sabios servidores musulmanes y judíos. Sin duda por todo ello, como monarca pacificador, unificador y conquistador de la "imperial ciudad de Sevilla", al final del elogio fernandino del Septenario, Alfonso X deja caer la curiosa afirmación de que su padre debiera gozar y ser considerado con el viejo título del Imperium Hispánicum leonés que disfrutaron algunos de sus antepasados. Título que en gran parte la historiografía europea moderna posterior en muchos aspectos le reconoció.

Pero ningún elogio tan expresivo como el epitafio que Alfonso X mandó colocar en la tumba de su padre escrito en latín, castellano, árabe y hebreo para magnificar la figura excepcional de Fernando III: "Aquí yace el Rey muy honrado Don Fernando, señor de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, é el más verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el más apuesto, é el más granado, é el más sofrido, é el más omildoso, é el que más temie a Dios, é el que más le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos, é el que alzó y ondró á todos sus amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla, que es cabeza de toda España, é passos hi en el postrimero día de Mayo, en la era de mil et CC et noventa años".

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