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Tribuna

Javier gonzález-Cotta

Escritor y periodista

Sánchez en la hora turca

A ojos de Ankara, España es un país amigo en Europa. Todo lo contrario de Francia, cuyo parlamento recuerda el genocidio armenio

Sánchez en la hora turca Sánchez en la hora turca

Sánchez en la hora turca / rOSELL

Días atrás el presidente Sánchez se reunía en Ankara con su homólogo turco, el inefable Recep Tayyip Erdogan, para presidir la VII cumbre hispano-turca. El nutridísimo séquito español daba cuenta de la relevancia de este encuentro entre dos naciones bien avenidas en las últimas décadas. Recuérdese si no aquel idilio que un día prendió en las dos orillas extremas del Mediterráneo a través de la Alianza de Civilizaciones, promovida por Zapatero y por el propio Erdogan, reflejo por entonces del islamismo cordial y seductor. A veces recordar el pasado es como abrir una cajita de música para escuchar la melodía naíf del tiempo.

En su cita en Ankara Sánchez y Erdogan revisaron las cosas de comer que hoy unen a ambas naciones. España ultimó con diseño de Navantia el portaaeronaves turco Anadolu (Anatolia) para la Marina turca. Este leviatán es similar al actual Juan Carlos I. Ambos presidentes acordaron cooperar con vistas a la construcción de un segundo portaaeronaves, el Tracia, si bien Erdogan, acorde a su escala mayestática sobre toda obra y proyecto, lo quiere aún más rotundo que el Anadolu. Además, España cooperará para construir nuevos sumergibles S-80 para Turquía. Y, por si fuera poco idilio, hace unos días se produjo la inmersión del BBVA en la turbulenta banca turca. A ojos de Ankara, por tanto, España es un país amigo en Europa. Todo lo contrario de Francia, cuyo parlamento recuerda el genocidio armenio y cuya política exterior interfiere en los intereses en Libia y da la mano a Grecia en el duelo que Atenas mantiene con Turquía sobre el Egeo y, en concreto, sobre el Dodecaneso, en cuyas aguas, caprichosamente fronterizas, se han descubierto reservas de gas natural y petróleo.

Anotado queda el éxito de la cumbre hispano-turca. Pero aquí, como trasfondo alterno, nos interesa más repasar la última hora cultural, revisionista y megalómana que hoy se vive en Turquía y que ha debido pulsar en su visita el presidente español. Según el programa de festejos, Sánchez y su esposa visitaron el mausoleo de Mustafa Kemal Atatürk, fundador de la actual República turca. Nadie allí ha refutado nunca su histórico legado, laicista y obsesivo, hasta que Erdogan lo ha impugnado haciendo revivir con orgullo de país el pasado islámico de los turcos.

Desde fuera se observa una atractiva tensión de megalomanías enfrentadas en el tiempo. Si Atatürk se inventó un delirante pasado pre-islámico para ahormar su concepto de turquicidad (su Museo de las Civilizaciones, su afán por hacer turcos los vestigios hititas y frigios), Erdogan ha apelado ya sin disimulo a la grandeza de los turcos selyúcidas (llegados a la Anatolia bizantina en 1071) y de los sultanes otomanos, conquistadores musulmanes de Constantinopla con Mehmet II.

Hoy en Turquía todo lo que se erige es enorme y elefantiásico. Pudo comprobarlo Sánchez en su visita a la sede presidencial de Ankara, el Palacio Blanco (200.000 metros cuadrados), inspirado en la olvidada arquitectura selyúcida. La replicante megalomanía histórica de Erdogan puede resultar obscena. Pero en su día el admirable Atatürk, entre raki y raki, hizo de las fuentes de la Edad de Hierro, ajenas al islamismo, otra disparatada bandera de unidad étnica y patriótica.

El Estambul de hoy revive su pasado otomano bajo el calculadísimo silencio de la oposición a Erdogan (la misma que tiene en sus manos la alcaldía). En la orilla asiática del Bósforo, la reciente mezquita de Çamlica se alza colosal y blanca con sus seis alminares. En la Plaza Taksim, corazón del laicismo turco, se alza ahora también una nueva y vistosa mezquita de mármol, con tonos ocre y aire fin-de-siècle. Se erige junto al monumento a la República, como si el nuevo paisaje viniera a simbolizar una segunda conquista alegórica de Estambul y de sus laicas murallas.

De hecho, en pleno Taksim, acaba de abrirse el Centro Cultural Atatürk, edificio ya existente pero remozado e inaugurado, aun sin quitar el nombre del valedor de la patria, con la Opera Sinan (el libreto se basa en el gran arquitecto de mezquitas Mimar Sinan del siglo XVI). Deducimos que habrán tronado también los sones del himno turco, tan parecidos a los de una marcha procesional de Semana Santa. Al alimón, un vasto festival de cultura impregna justo estos días toda la zona estambulí de Beyoglu con exposiciones y conciertos (incluidos los religiosos y los de rap). Como Josep Pla en su día por la luminaria de Nueva York, nos preguntamos: "Oiga ¿y esto quién lo paga, Erdogan o el BBVA?" Lástima que Sánchez se lo haya perdido por unos pocos días.

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