La tribuna

Un adiós

Un adiós
César Romero
- Escritor

No pocos escritores dicen tonterías cuando hablan (y no sólo a raíz de jornadas perdidas sobre la Guerra Civil. Sí, es verdad, también las dicen escribiendo). Unos porque no tienen demasiada locuacidad o desenvoltura. Otros porque forman parte de la tasa media de tontos que se da en todas las profesiones. Aún hay quienes piensan que, por usar supuestamente el cacumen, entre los escribidores hay menos tontos. Pero nada más lejos de la realidad. Una de las chorradas que suelen decir muchos literatos es que no quieren escribir siempre el mismo libro, que prefieren cambiar de un libro a otro, que eso de repetirse no va con ellos, les aburre. Como si escribir fuera actuar en una compañía de teatro. Pasa también con esa otra memez, en la que casi todos mienten, de que han elaborado cinco, seis versiones de su novela. Menos lobos, aspirantes a Proust: ni vosotros os lo creéis.

Cuanto más leo más me interesan los escritores que son fieles a sí mismos, que parecen escribir una y otra vez el mismo libro. Y si abro uno de un escritor predilecto y no me suena a él, empiezo a dudar. ¿Estará acabado? ¿Estará chocheando? Pese a los desmedidos elogios recibidos en su día, y la parafernalia que acompañó su edición, me apenó no acabar Le dedico mi silencio, la última novela de Vargas Llosa. No sonaba a él, apenas era reconocible el gran urdidor de tramas hilvanadas con una prosa portentosa, que fluye sin darnos cuenta, como aquel río por donde anduvieron su Pantaleón y visitadoras. Lejos de esos literatos que dicen aspirar en cada libro a cambiar de registro como quien cambia de atuendo, a los grandes se los reconoce de lejos. Basta leer media página para reencontrarnos con sus temas, percibir un aroma inconfundible, saber que estamos entrando en su mundo. Tan habitable que durante horas o días nos sentiremos en casa.

José María Conget es de estos escritores que parecen escribir siempre el mismo libro. Con dos párrafos es suficiente para reconocer su estilo, las huellas de su mundo acogedor. Está hecho de literatos frustrados; de solitarios aficionados al cine, antiguo o moderno, pero en versión original; de profesores o gestores culturales engolados cuya oquedad ni sus miserias llenan; de parejas descubriendo el enamoramiento (y qué bien cuenta Conget en toda su obra, especialmente en unas páginas memorables de La bella cubana, este estado) y parejas que tomaron demasiadas veces el mismo recodo del camino; de rijosidades cuya mera descripción las vuelve ridículas; de una ironía a veces suave, a veces mordaz; de lugares, en Zaragoza, Sevilla, Lima o Nueva York, que su lector, luego de tantas novelas, ha hecho suyos y cree conocerlos, aunque jamás haya puesto un pie en ellos. Ahora ha publicado la que, al parecer, es su última, y espléndida, novela: Adiós. Y uno celebra que hasta el final de sus cuentos haya sido el mismo escritor inteligente y leal.

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