Tribuna

Julia Fernández Cuesta

En el aniversario de la muerte de Rafael Valencia

28 de junio 2021 - 07:00

El 13 de junio del año pasado murió, de modo completamente inesperado, mi colega y amigo Rafael Valencia. Fue un infarto fulminante al salir de la Academia de las Buenas Letras, justo cuando acabábamos de salir de uno de los confinamientos más rigurosos del planeta.

"En el caso de Rafael lo que me habría gustado es tener más tiempo para escucharle a él"

Conocía a Rafael desde que llegué a la Universidad de Sevilla a principios de los 90, pero durante los treinta años que llevo en la Fábrica de Tabaco apenas habíamos intercambiado algún saludo cuando nos cruzábamos en el patio o en la cafetería, entre clase y clase. Le vi envejecer, al igual que a otros muchos compañeros, sin mediar palabra entre nosotros más allá de ocasionales saludos de cortesía. El año anterior a su muerte comenzamos a vernos con cierta frecuencia porque coincidimos en una comisión de la Facultad, cada uno como representante de su departamento. Solíamos quedar para comer, tomar café, o simplemente para charlar.

Cuando perdemos repentinamente a un ser querido, generalmente solemos lamentar las cosas que se nos han quedado en el tintero, lo no dicho, lo no expresado. En el caso de Rafael, sin embargo, lo que me habría gustado es haber tenido más tiempo para escucharle a él. Me queda la imagen del académico (de un verdadero académico), la del amigo afectuoso, la del amante del cine, y también la del viajero que aprendió inglés en Egipto con las canciones de los Beatles.

Cuando se comenzó a rumorear que se suspenderían las clases de modo inminente, Rafael me dijo: “Nosotros nos veremos fuera de aquí”. Todavía no podíamos imaginarnos lo que nos esperaba a partir de ese mismo fin de semana. Rafael no llevaba bien el confinamiento. Me decía que estaba cansado del “tele-trabajo” (“una imposibilidad metafísica”), que echaba de menos a la familia, especialmente a su nieta Lucía, su despacho en la Facultad, y a los amigos. No se quejaba (“en peores situaciones nos hemos visto”), y en eso ha sido un ejemplo para mí.

Tampoco yo quiero quejarme por el dolor de su pérdida sino celebrar su vida, como a él le gustaría, y el breve espacio de tiempo en que estuvo en la mía.

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