La tribuna

Más bueno que el pan

Más bueno que el pan

Ojalá vivas tiempos interesantes es una maldición apócrifa camuflada bajo la forma de un buen deseo, pero si entendemos que la vida es mejor en etapas de paz y tranquilidad, es decir, en tiempos poco interesantes, la imprecación se explica sola. Sin querer esconder la cabeza en el agujero, no voy a dedicar ni una letra a los numerosos acontecimientos desagradables que están sucediendo a nivel político, social o moral y voy a escribir sobre algo positivo y sustancial. Algo más bueno que el pan, y como no hay nada que esté más bueno que el pan, vamos con él.

Para una mujer de mi edad, que anda hormonalmente transitando por una etapa revolucionaria que llaman perimenopausia, todo son recomendaciones de cambios, sustituciones o restricciones en los hábitos de vida y alimentación y, como mi intención es mantenerme sana y durar más que la playa, las acepto ¡excepto! las que tengan que ver con dejar el pan. Me entran los sofocos que todavía no tengo al pensar en prescindir del elemento que me da la primera alegría del día. No crean que soy una fanática. Reconozco que gran parte del pan que se vende hoy es industrial, tiene aditivos, levaduras químicas, almidones y azúcares y se pone duro o gomoso en pocas horas. Para ilustrar lo del pan-goma les contaré que una vez quise descongelar una viena que había comprado en mi supermercado de cabecera y esta se fundió como un plástico y se cargó el microondas. Desde entonces ya solo quiero el bollo y la barra de Felipe Ramos en Sanlúcar de Barrameda, donde trabajan el pan sin tonterías, el que pones cada día en tu mesa. Y te lo llevan a casa desde 1992. En la calle de Correos, los picos de aceite de San Rafael, que son una tapa en sí mismos. Una caña de manzanilla y una bolsita de picos y tienes el aperitivo hecho. Salgo de mi pueblo y en Cañaveral de León (Huelva) recojo el pan de hogaza en rebanadas de la Panificadora Heredia, cuyo lema debería ser “El pan que no se pone duro”. Para hacer las torrijas compro en el Horno de San Roque, en la sevillanísima Puerta de Carmona. Con el asunto de los molletes me divido entre los de La Paz, en Espera, y los de El Molletero, en Puerto Serrano, que no es una panadería sino una casa con un horno. Para adquirir el manjar hay que estar allí a la hora de maitines y el artista te los despacha en el salón delante de la tele. Si eres dormilón vete a la Venta El Cortijo, en Algodonales, y te venden una bolsa. Cuando lo que se me antoja son teleras, Panadería Moya, en Osuna, que te alimentan solo con el olor. Voy terminando, pero antes, las regañás de Las Doncellas, en Santa María la Blanca y el pan de canto del Horno del Cristo del Buen Viaje, el de San Esteban, el que pacientemente siempre te espera sentado junto a su ventana. Él, que hace las cosas perfectas, consagró su cuerpo en pan y no en gachas de avena con semillas de amapola. Y hasta eligió para nacer la ciudad de Belén, en hebreo Beth-Lehem, que significa Casa del Pan. Gloria a Dios y feliz Navidad.

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