La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Sevillanos gruñones con las obras
El paseante se acerca al sevillano que toma un café en el Laredo mientras disfruta del montaje de los palcos. ¿Hay alguna sensación de gozo parecida a la que genera contemplar cómo se alzan las estructuras en la plaza? No hay pregón que mejore este anuncio. Pero el ciudadano anónimo, que lleva cara de pocos amigos, invade el espacio de intimidad del incauto cafetero: "¡Dígale al alcalde que no hay derecho a levantar esta acera a dos semanas de la Semana Santa! ¿O cree usted que hay derecho?". El cliente invadido decide guardar silencio, que la vieja educación siempre ayuda. No se habla con desconocidos. No se comienza ninguna conversación con nadie sin haber sido presentados. Y no se viaja donde no hayan estado antes los romanos. Hala, el tipo siguió su jornada de puntilloso observador de zanjas. Todo sevillano tiene un historiador del Arte en su interior, ha hecho un máster sobre altares de culto y vestimenta de vírgenes, y es especialista en coordinación de obras municipales para la precisa planificación de las tareas de Urbanismo, Medio Ambiente, Alumbrado Público, Bomberos y Parques Jardines. Estos días se multiplican los gruñones hispalenses porque tenemos un alcalde al que le va la marcha. Un apasionado de las obras. Se retrata con la diosa de la Cibeles en Nueva York. La foto de Oseluí con Ayuso con los rascacielos de fondo es un 'chincha rabiña' al presidente Moreno después de que el líder de los neo-moderados se paseara por Sevilla en la carroza de Baltasar. Cuentas ajustadas sin necesidad de peleas expresas. Mejor así.
Como al alcalde solo le falta la gorra de chulapo madrileño, ha puesto Sevilla patas arriba, como en su día hizo Rojas-Marcos. Sin miedo, ¡pista que va el artista! Calles levantadas, vallas, maquinaria, polvo, rutas desviadas, el gerente Vázquez dando más vueltas que un tio-vivo... Hasta ha abierto una nueva calle en la Feria. Y si llega Semana Santa, se colocan cajones. Nos queda un último año de mandato de inauguraciones y reportajes a mayor gloria del alcalde. No lo inviten a su casa que les echa abajo el tabique del salón. A este alcalde no le gusta nada el Aperol, pero le encanta meterse en albañiles. Todos tenemos el típico amigo que es un friki de las obras, que está todo el día maquinando de dónde sacar un trastero, cómo ganarle metros a la cocina, o si merece la pena suprimir el balcón para hacer un salón más amplio. Frente a los sevillanos aficionados a las obras aparecen los gruñones hispalenses, penitentes de la cofradía de la queja, el malestar y el avinagramiento. Uno entiende la denuncia contra la chapuza de los adoquines mal colocados, la mala calidad de muchos pavimentos, el horror del firme mortífero de la Plaza Nueva o, cómo no, la vergüenza de que haya que levantar dos veces una misma acera en poco tiempo. Pero una gran ciudad tiene que tener obras. La clave es que sean de resultado incontestable, caso de peatonalizaciones como Asunción y O'Donnell, o la reciente de la Cuesta del Rosario. Tiene que haber obras y gruñones. Aquí, al fin, cabemos todos. Y acogemos el Aperol y las gorras... de chulapo.
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