Los pucheros de Dios en Sevilla
El Fiscal
Que Sevilla es la capital de la piedad popular se comprueba en la vida cotidiana sin necesidad de ocupar las calles con tantas procesiones ni de generar tantísimo ruido de forma artificial
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Un paseo cotidiano por la ciudad basta para comprobar que la piedad popular está en auge todo el año sin necesidad de procesiones extraordinarias. Es más, ¿para que sacar tantas imágenes si nos las encontramos en tantos sitios y tan distintos? Claro que Sevilla es la capital mundial de una religiosidad marcada por el fervor, con permiso de algunas ciudades de Iberoamérica. Se comprueba en un taxi, en una taberna, en la cabina de un chófer de Tussam, en una confitería, en la barbería, en la mesa del señor de la oficina de Hacienda que nos revisa la declaración del IRPF, en la ventanilla minimalista del banco y en el modesto local del zapatero que nos arregla el calzado para que no nos matemos de un resbalón en días de lluvia. Las imágenes salen a nuestro encuentro, solo hay que mirar. No hace falta más porque nos vienen dadas. Hay estampas con gracia por la sencilleza y la naturalidad que generan cuando parecen salirnos al paso. El rótulo reza:“Hay brazos de gitano”. Y justo al lado está la foto en sepia del Señor con todo su patetismo y su bondad. Dios anda entre los pucheros, decía Santa Teresa. Y en Sevilla se aprecia gracias a la ingente cantidad de templos abiertos, la rica colección de azulejos con imágenes que recogen plegarias a deshoras (eso que los cursis llamarían hoy 24/7) y los altares domésticos que se nos aparecen en los momentos más inesperados. Sevilla está cargada de esos pucheros que están en una lumbre siempre encendida. Aquí el que no reza es porque no quiere, el que no vive un instante de espiritualidad es acaso porque no presta atención.
Las plazas de abasto son templos donde se reza y trabaja. Ora et labora. No hay puesto sin altar, sea un calendario, un azulejo o hasta casos en los que una pared parece la capilla portátil de un torero. Y la gran clave es que todo está hecho con plena naturalidad, por particulares que ligan su actividad cotidiana a la imagen de sus devociones.
¿De verdad nos hace falta tanto ruido en una ciudad que ya tiene a su Dios presente desde el alba hasta el ocaso? Dicen que es bueno tomar la calle, hacerla nuestra y dar testimonio público. Pero se ve al Señor junto a las trufas heladas, en las vitrinas interiores de las tapas, en los puestos donde rebosa la verdura fresca, en la medalla que cuelga del retrovisor del coche, en las estampas de la guantera cuando el conductor saca los papeles del vehículo, en el llavero que asoma por el bolsillo, en la caja registradora donde pagamos un artículo... ¿No está tomada la vida cotidiana antes que las calles y de forma voluntaria? ¿O eso no es piedad popular de la buena? ¿No es una suerte de misión que se organiza sola, sin subvenciones ni los jaleos que conlleva el uso de la vía pública?
Son los particulares los que cada día hacen la gran manifestación de piedad popular. Por eso el exceso no es tanto por el número de procesiones, sino por multiplicar de forma oficial, organizada, reglada y costeada aquello que ya se produce de forma –insistimos– absolutamente natural. No tenemos que recordar aquello que ya somos, pues corremos el riesgo de qu e parezcan otras las intenciones. La piedad popular está ahí, al alcance de la vista, dispuesta para quien tenga ojos y quiera valorarlo. En otras ciudades se verán otras característica, otras señas de identidad y otras marcas culturales. Nosotros tenemos la cruz hasta en la sede del Rectorado de la Universidad, cosa que en algunos centros universitarios de Madrid (tan tolerantes ellos) sería inimaginable. Recordamos una anécdota. Cuando se mudó la Facultad de Derecho a la nueva sede de Viapol, lo hizo también la cafetería. Y en el bar sigue hoy la bella fotografía del Cristo de la Buena Muerte que presidió tantos años la estancia anterior.
¿De verdad hace tanta falta tomar las calles cuando estamos en sitios muchos más complejos si se mira la experiencia de otras ciudades? Sevilla es una ciudad donde los particulares organizan la Feria y donde también, sin ser conscientes, ofrecen testimonios de piedad popular en sus vidas y en sus trabajos. Sin excesos, sin polémicas, sin debates sesudos sobre aspectos secundarios. Con el corazón, con el don de la fe, con la sencillez propia de quien hace ciertas cosas todos los días. El Señor junto a los limones y las habichuelas. No cabe más, ni menos. No organicemos más, lo tenemos delante a diario.
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