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Tribuna

Javier gonzález-cotta

Periodista y escritor

En busca de Lutero

Al igual que le sucediera a Pablo camino de Damasco, un hecho sobrenatural aturdió al futuro hereje un 2 de julio de 1505, en Sottenheim, muy cerca de Erfurt

En busca de Lutero En busca de Lutero

En busca de Lutero / rosell

Hace YA 500 años, un monje de la orden agustina recoleta, llamado Martín Lutero, incipiente profesor de teología, clavó en la puerta de la iglesia alemana de Wittenberg sus 95 tesis para desacreditar al papado de Roma por su doctrina sobre las indulgencias. Fue en 1517, en la víspera otoñal de Todos los Santos. Aquel hombre de Dios, entre robusto y regordete, furibundo lector de la Biblia, tenía 34 años. Desde ese día crucial, inicio de la Reforma protestante, la cristiandad occidental se rompió en dos y prolongaría su doblez hasta hoy mismo. Hace 500 años pues que se armó, como quien dice, la de Dios es Cristo.

Con motivo de la efeméride han aparecido títulos que alimentan la controvertida figura y la obra magna de Lutero. Lyndal Roper nos ofrece su Martín Lutero. Renegado y profeta (Taurus), una biografía si acaso más completa -pero no más enjundiosa- que la que la editorial Trotta ha sacado para la ocasión: Martín Lutero. Vida, mundo, palabra, escrita por T. Kaufmann. Sencillamente, la consideramos imprescindible para entender al personaje bajo la onda mental de su tiempo.

Al igual que le sucediera a Pablo camino de Damasco, un hecho sobrenatural aturdió al futuro hereje un 2 de julio de 1505, en Sottenheim, muy cerca de Erfurt. Mientras regresaba de ver a sus padres, observó con tribulación un gran rayo sobre el cielo. Pidió ayuda a Santa Ana, madre de María, y le rogó que se haría monje si ella lo salvaba de aquella señal en forma de sierpe irritada que tanto lo había asustado. Ese mismo año, tras estudiar en Erfurt, ingresó en el convento agustino. En 1512 se trasladó a Wittenberg, en cuya nueva universidad impartiría clases hasta su último hálito. Y, como queda dicho, en otoño de 1517 clavó la semilla de la Protesta en la portezuela de la iglesia local.

En 1520, mientras daba a las prensas sus obras mayores (la imprenta resultó decisiva para su misión reformadora), Roma lo declaró hereje el 10 de diciembre de dicho año con la bula Exsurge Domine. Pero Lutero quemó la bula papal, el Derecho Canónico y varios apéndices de escolástica. Con voz quebradiza enunció sentencia de herejía contra el Anticristo de Roma, mientras recitaba con telúrica alegría el Salmo 21,10: "Porque has arruinado la verdad de Dios, que el Señor te arruine hoy". En 1529 tomó como esposa a la monja escapada Catalina de Bora. Tuvo seis hijos y enterró a dos de sus vástagos. Lutero murió un 18 de febrero de 1546.

En tan corto espacio no podemos resumir la doctrina de la iglesia luterana. Si acaso recordamos sólo algunos aspectos. Entre ellos, sobre todo, la justificación única de la fe (sólo fides). El hombre, de natural impotente, corrompido por el pecado original, sólo puede salvarse por su fe individual y recibir la gracia de Dios. No cabe ni voluntad humana ni razón, "esa prostituta". La Biblia, el libro de todos los libros, es el libro de la vida y es la vida (la Sagrada Escritura resulta el eje ancilar de su Reforma).

La biografía de Kaufmann no rehúye el lado soez, a menudo malcarado, de Lutero, que era el mismo que componía bellos himnos sacros o admiraba el rocío de la primavera y lo veía como alegoría del Espíritu Santo. A Erasmo lo llamó "la víbora". Contra los judíos son conocidas sus terribles invectivas ("putas recalcitrantes", "hijos del demonio" que beben sus excrementos y que "llegaron a comerse la mierda y a beberse los orines de Judas Iscariote"). En su disputa sobre la Eucaristía mantuvo fricciones con otros reformadores como Calvino, Zwinglio o Bucelo.

Es común concluir que 1525 es tal vez el año negro de Lutero. No porque se esposara con su mujer (pobre él o pobre ella), sino porque ese mismo año, liderados por el anabaptista Thomas Müntzer, se produjo la gran matanza de campesinos turingios en Frankenhausen ante las tropas imperiales. El reformador justificó la masacre ("Contra las hordas criminales y depredadoras de los campesinos"). Lutero entendía que existía un orden estamental previsto por Dios y buscó sus raíces bíblicas. En 1534, con los sucesos de Münster (la nueva Jerusalén arcaico-socialista), Lutero volvería a posicionarse contra el campesino, que no entendía ni podía ni quería entender la teología del orden.

Lo que hace atractiva la biografía de Kaufmann es que, insistimos, sitúa a Martín Lutero bajo las inquietudes históricas de su hora. A su juicio venían a preludiar el Apocalipsis (del libro de Daniel columbró que se aprontaba ya el acabose). Aparte del Anticristo romano (León X lo declaró hereje), Lutero creía que el empuje del Turco sobre Europa, primero con el sultán Selim I y luego con Solimán el Magnífico, era un claro signo de la cesura de los tiempos. Por el recoveco de occidente brillaba el catolicismo imperial de Carlos I, al cabo vencedor en Mülhberg. Pero el islam del Turco, que puso sitio a Viena, estaba señalando la hégira, la luna creciente del Apocalipsis.

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