Cumplí veinte años cuando se celebraba el cincuentenario del comienzo de la Guerra Civil y por lo tanto me cayó un chaparrón interminable de novedades editoriales sobre el acontecimiento, de novelas situadas en aquellos tres años dramáticos, de ensayos que trataban de explicar el drama, de memorias de quienes la vivieron y agotaban ya sus días. Por fortuna cayó en mis manos Cien libros básicos sobre la Guerra de Ricardo de la Cierva, que, a pesar de su filiación franquista, era bastante justo en la valoración de los libros seleccionados: ponía muy bien por ejemplo a Arturo Barea, reconocía que en cuestiones poéticas la guerra la habían ganado los republicanos, afirmaba que la gran novela sobre la Guerra Civil era Un millón de muertos de Gironella, de la que en uno de los pocos fragmentos sentimentaloides del libro reconocía guardar la primera edición como quien a principios del XVII hubiera tenido la suerte de leer el Quijote y atesorase el volumen a sabiendas de su posterior importancia. Comparar a Gironella con Cervantes es una debilidad perdonable, claro que sí, pero ello no obsta para que uno reconozca que disfrutó mucho de la novela del novelista hoy olvidado, a pesar de los miles y miles de ejemplares vendidos. Cansinos Assens terminaba sus memorias con el golpe del 18 de julio de 1936 diciendo que lo que había muerto no era solo la República, sino también la literatura. Se equivocaba: si algo salió ganando con la Guerra de España fue la literatura.
Cuarenta años han pasado y la bibliografía sobre la Guerra de España se ha multiplicado sin cesar. Es, creo, uno de los hechos históricos que más bibliografía ha generado. En esa catarata de libros hay de todo, testimonios de parte, propaganda descarada, refritos, libros importantes, obras maestras. Mi novela favorita sobre el periodo es Diario de Hamlet García de Paulino Masip que acaba de reeditar Renacimiento. En ella la guerra es un misterio, una irrupción inexplicable en la cotidianeidad de un profesor para quien la realidad es un parque de abstracciones, de donde no pueda entender muy bien qué pasa a su alrededor y por qué la gente de repente se ha vuelto peligrosa y loca y anda matándose cuando la vida no es una pregunta que no tenga respuesta, sino una respuesta a la que tratamos de acertarle con algunas preguntas. También me parece excelente la novela de Foxá Madrid de Corte a Checa y admirables las páginas de Salvador de Madariaga en su libro Spain, donde reparte culpas, abomina de barbaridades de uno y otro lado, sin dejar por ello de sentirse hondamente republicano –da por hecho que la República muere antes de comenzar la guerra, que lo que la guerra solventa es quién se queda con la propiedad de la palabra “revolución”, o los que la quieren bolchevique o los que la quieren nacionalsindicalista, los demócratas se quedaron sin sitio desde antes de que se produjera el golpe. Y entre los libros de historia, el de Burnett Balloton. Y entre las memorias La Guerra empezó en España de Álvarez del Vayo, Madridgrado de Francisco Camba y El terror rojo de Fernández Flórez. Indispensables también los cuatro tomos de la Historia de la Segunda República de Pla.
Ahora Letras en Sevilla dedica su edición a los 90 años de la guerra con un cartel lleno de voces imponentes y una pregunta que subyace en su título: ¿La guerra la perdimos todos? Será buen momento para medir la temperatura de un asunto que no ha dejado de suscitar literatura, que es la que salió ganando. A pesar de que de joven pensaba que era una hartura la de cosas que había generado la guerra, ahora –de algo sirve envejecer– me parece de lo más natural que así sea: es difícil que un asunto tan fascinante, donde heroísmo y mezquindad, bondad y miseria aparecen tan pegados, no genere, junto a mucha ganga, algunas obras fascinantes. Si alguien hoy se propusiera recoger en un volumen un listado con las Cien obras básicas sobre la Guerra, lo tendría bastante más difícil que Ricardo de la Cierva.