La tribuna

Paseando entre buganvillas

Paseando entre buganvillas
Tomás García
- Doctor En Biología

La buganvilla ilumina todo lo que la rodea como un faro sobre el mar sombrío, constituyendo en sí misma un poema radiante que arrebata nuestros sentidos, atrayendo con ardor todas las miradas. Trepa sobre muros, rejas y pérgolas en rincones callejeros o jardines, ofreciéndonos unas artísticas hojas coloreadas (brácteas) que envuelven como papel de seda sus pequeñas flores, aliviando nuestros pesares y concediéndonos un renovado aliento. Es nativa de regiones tropicales sudamericanas y presenta dieciocho especies. El naturalista Philibert Commerçon la describe por primera vez durante el viaje de circunnavegación realizado entre 1766 y 1769 por dos barcos de la armada francesa comandados por Louis Antoine de Bougainville, de donde procede su nombre genérico Bougainvillea. La hermosura de la planta atrajo a Jeanne Baret, ayuda de cámara y amante del naturalista, quien viajaba disfrazada de hombre. A pesar de ser descubierta en Tahití, ambos continuaron la travesía hasta la Isla Mauricio, regresando ella a Francia años más tarde con un magnífico herbario tras la muerte en 1773 de Commerçon. Jeanne Baret recibió una pensión vitalicia una década después y fue reconocida como la primera mujer que circunnavegó el planeta.

Iniciamos un ameno paseo junto al coqueto Parque de Magallanes, entre Triana y Sevilla, bajo las pérgolas que permiten las andanzas trepadoras de una buganvilla rojiza en el trayecto que conduce al Puente del Cachorro. Cruzamos el río y callejeamos hasta el antiguo Palacio de la Motilla, entre Laraña y Cuna, donde una añosa buganvilla de tronco retorcido derrama sus llamativas brácteas fucsias sobre el muro que se halla delante de la torre de aires toscanos. Encaminamos después nuestros pasos hacia uno de los corazones que laten en la ciudad hispalense: el Barrio de Santa Cruz. En su antigua Plaza del Pozo Seco (actual de la Alianza) nos detenemos ante una longeva buganvilla encarnada que se postra a los pies de un espléndido retablo del “roldanesco” Cristo de las Misericordias de Santa Cruz, que procesiona el Martes Santo por este simbólico enclave presidido por una fuente central dieciochesca. Salimos de la antigua judería por el callejón del Agua y los Jardines de Murillo, a cuyo comienzo nos sorprende una abigarrada buganvilla rosada suspendida de los muros del Alcázar. Atravesamos el Paseo de Catalina de Ribera y llegamos al Parque de María Luisa, vergel privilegiado donde surgen múltiples colores de distintas variedades de estas enredaderas y donde destacan las que engalanan el entorno de la grandiosa Fuente de los Leones. Así finalizamos un entrañable paseo matinal bajo el influjo de las buganvillas, obras naturales de soberbios matices que alcanzan su plenitud cromática en la primavera y el verano de Sevilla. Una planta que enamora a primera vista, con ariscas espinas que aumentan su poder de seducción al resistirse a ser conquistada y acariciada por aquellos que nos rendimos ante su poderosa belleza.

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