Medio Ambiente

El cangrejo azul: el invasor más voraz de la marisma en décadas

  • Los expertos equiparan la llegada de esta especie exótica con la del cangrejo rojo, en los años 70

  • Apuestan por una investigación y un plan de control inmediatos

  • Se sospecha que su introducción ha podido ser intencionada, aunque hay que estudiarlo 

Un cangrejo pescado en Isla Mayor, situado junto a una botella, para dar idea de su tamaño. Un cangrejo pescado en Isla Mayor, situado junto a una botella, para dar idea de su tamaño.

Un cangrejo pescado en Isla Mayor, situado junto a una botella, para dar idea de su tamaño. / M. G.

En esa realidad agreste de la marisma del Guadalquivir y los pueblos arroceros de Sevilla está siendo el gran protagonista del verano. Como un instragramer de moda, las fotos con el cangrejo azul circulan por redes sociales, llamativas por el color añil de sus pinzas y su tamaño, similar al de un centollo. A pesar de que no ha dado tiempo a estudios ni estadísticas, su eclosión está fuera de toda duda. Hay casi 400 pescadores del cangrejo rojo americano, llevan dos semanas de campaña y cada uno ha podido capturar casi medio centenar. No hay restricción para que lo hagan e, incluso, para comercializarlo, porque este Callinectes sapidus no está en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras.

Pero los expertos consultados aseguran que, más allá de la consideración legal, sí es especie exótica e invasora. Quizás, la más voraz y con mayor capacidad de crecer que ha llegado al Bajo Guadalquivir desde que se introdujo, en 1974, el cangrejo rojo americano (Procamburus clarkii) que ha generado una industria que factura 20 millones de euros al año. También tienen claro que se deben tomar medidas cuanto antes para controlar o erradicarla de esta marisma transformada por la mano del hombre, pero sensible por su cercanía a Doñana.

El cangrejo azul también es americano. En el Caribe se le conoce jaiba azul y es oriundo de la Costa atlántica, desde Nueva Inglaterra hasta Uruguay. Está considerada como una de las especies más invasoras de los sistemas marinos, aunque se aclimata a otros de menor salinidad, según apunta Montserrat Vila, ecóloga y experta en especies exóticas invasoras (sobre todo plantas) de la Estación Biológica de Doñana (EBD). Vila recuerda que más allá de ese catálogo, la Ley de Biodiversidad ya prohibe introducir especies foráneas.

Un de los ejemplares capturados, sostenido por un vecino de Isla Mayor. Un de los ejemplares capturados, sostenido por un vecino de Isla Mayor.

Un de los ejemplares capturados, sostenido por un vecino de Isla Mayor. / M. G.

En Andalucía no hay estudios específicos sobre el mismo, aunque según Miguel Ángel Bravo, investigador del mismo organismo del CSIC y experto en sistemas acuáticos, la especie centró varias comunicaciones del último congreso de la Crustacean Society, en junio en Barcelona, porque es una de las que registra una mayor expansión debido a su interés económico. En Valencia, donde las capturas se han duplicado en el último año, se subastan a una media de siete euros el kilo. Su presencia en Europa no es nueva, está desde principios del siglo XX, aunque en España no se detectó hasta hace seis años.

Su caparazón puede medir hasta 22 centímetros. Puede llegar pesar más de un kilo, como el buey de mar, explica Bravo. Su capacidad de reproducción es más elevada que la del cangrejo rojo americano porque no necesita llevar los huevos en el caparazón, ni siquiera en una fase inicial: los suelta. Es omnívoro y “oportunista”, dicen, porque come cualquier cosa que alcance, como huevos de otras especies, plantas, carroña, animales enfermos...

A diferencia del cangrejo rojo, necesita el agua todo el año y se resiente con la pesca intensiva

En las redes de los pescadores de Isla Mayor, cuando se mezcla con el cangrejo rojo, le ataca, aunque Bravo cree se debe a que están atrapados, porque no es cazador. También se alimenta de moluscos, como la almeja o la coquina de río que han ido a la baja allí donde se ha asentado. Y afecta al cangrejo verde (la coñeta o Carcinus maenas), autóctono y muy común en las costas andaluzas, como el Golfo de Cádiz. En el Delta del Ebro, donde se detectó por primera en 2012, se come al caracol manzana, que colonizó antes la zona.

Ambos científicos de la Estación Biológica de Doñana coinciden en que, a falta de estudios que puedan apuntar otra cosa, lo más probable que haya sido introducido en el Bajo Guadalquivir intencionadamente o por la “acción humana”, como ha ocurrido en Levante, donde se vende y consume. Es sospechoso que no haya aparecido de forma relevante en la costa andaluza y lo haya hecho en un espacio ya ligado a la pesca del cangrejo.

Un ejemplar cocido y listo para ser consumido. Un ejemplar cocido y listo para ser consumido.

Un ejemplar cocido y listo para ser consumido. / M. G.

Bravo explica que en Doñana hay constancia de un ejemplar capturado, en 2017, en una nasa –la red que usan los cangrejeros– que fue incautada en una marginal de la marisma. Estos expertos desconocían el relato de los pescadores de Isla Mayor de que ya hubo capturas aisladas en 2016 y 2017. En cualquier caso, Bravo, que trabaja dentro del Parque Nacional y Natural, cree que como salvaguarda de estos espacios protegidos ante una posible colonización está el que sus humedales se sequen en verano. Este animal no puede vivir lejos del agua. Aunque sí apunta el riesgo que se expanda por Veta de la Palma, en término de La Puebla del Río, donde se concentra la acuicultura de la zona.

Ninguno de los dos científicos duda de que tendrá impacto en la zona, aunque hay que calibrar su magnitud. Hay que hacer estudios primero, insisten. En principio, Miguel Ángel Bravo cree que ese impacto puede ser mayor desde el punto de vista socioeconómico que ambiental.

La industria del cangrejo en Isla Mayor está enfocada al Procamburus clarkii y es de transformación al completo del animal, para la exportación, según el gusto de cada país. Se capturan hasta 3.000 toneladas al año y hay margen, aunque la presencia del cangrejo azul podría mermar a su competidor. Éste se consume sin transformar. Los pescadores ya lo están probando, a pesar de que no hay control sanitario. Vila apunta a que es una especie que acumula metales pesados.

La ecóloga Montserrat Vila. La ecóloga Montserrat Vila.

La ecóloga Montserrat Vila. / José Angel García

El impacto ambiental será más grave si llega a zonas mejor conservadas. Aunque, como recuerda Montserrat Vila, una especie invasora siempre termina desplazando a otras, como pasó en los lagos españolas cuando se introdujo la perca y la carpa, que acabó con los peces autóctonos.

Con cualquier especie invasora, lo mejor es que los trabajos de erradicación se inicien en una fase temprana, aunque ésta muchas veces no se detecta. En cualquier caso, señalan que hay varias cosas que pueden ayudar a mantener a la especie bajo control en el Guadalquivir y a erradicarla incluso. Bravo recuerda que, a diferencia del cangrejo rojo americano –que cuando el agua se retira de los arrozales, se mete en agujeros que pueden ser de hasta tres metros de profundidad– este otro americano azul necesita tener el agua cerca todo el año. A diferencia también del rojo, cuya población no disminuye con la pesca, el azul sí se resiente cuando se le captura de forma intensiva. No obstante, Montserrat Vila apunta que, en Valencia, se ha adaptado en zonas también arroceras.

Miguel Ángel Bravo, biólogo y experto en sistemas acuáticos. Miguel Ángel Bravo, biólogo y experto en sistemas acuáticos.

Miguel Ángel Bravo, biólogo y experto en sistemas acuáticos. / José Angel García

De cara a este hipotético plan de control, puede ayudar que de hecho ya exista uno para cangrejo rojo en las marismas del Guadalquivir y que tiene a los pescadores como “controladores”, a los que se podría formar para que actúen también con el nuevo invasor, que ha llegado con fuerza, no se sabe si para quedarse.

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