La Semana Santa que perdimos

Arrabal de San Bernardo

  • La historia está vinculada a Al Mutamid y San Fernando, a las fundiciones, los toreros y la Artillería

  • Hoy el Cristo de la Salud y la Virgen del Refugio mantienen el espíritu del barrio

El Cristo de la Salud saliendo de la Iglesia de San Bernardo. El Cristo de la Salud saliendo de la Iglesia de San Bernardo.

El Cristo de la Salud saliendo de la Iglesia de San Bernardo. / Manuel Gómez

POR razones que se me escapan, el arrabal de San Bernardo no ha tenido tan buena literatura como otros barrios de Sevilla. Quizá porque sus vecinos, durante siglos pasados, eran gente modesta, y porque la fama legendaria no se centró en la historia del barrio, sino en las fábricas de fundición, en la Artillería, y sobre todo en los toreros, vinculados también a la hermandad, desde Curro Cúchares, Costillares y El Tato a Pepe Luis y Manolo Vázquez.

San Bernardo fue muy importante desde el tiempo de los moros, cuando era el arrabal de Ben Ahofar. La Buhaira tomó su nombre de una laguna que existió por allí, y en sus proximidades construyó Al Mutamid un palacio con jardines. San Bernardo fue importante también para los cristianos desde que llegó el Santo Rey y acampó en las cercanías para iniciar la reconquista de la ciudad. Está reflejado en los nombres de algunas calles, como Campamento, o las que evocan los milagros de Tentudía y Valme, o las devociones de Portacoeli.

En San Bernardo instalaron desde el siglo XVI las antiguas fundiciones. De allí salió el Giraldillo, realizado por Bartolomé Morel, que remata la torre soberana de Sevilla, desde la que sirve de guía los Miércoles Santo, cuando la marea morada y negra de San Bernardo llega al puente para cruzar hacia Sevilla.

Porque en San Bernardo se mantuvo vivo el arrabal, situado extramuros de la ciudad, al que se llegaba por la Puerta de la Carne. Allí se alojaron los fundidores que trabajaban en las industrias, y las personas vinculadas a la Real Fábrica de Artillería que mandó construir Carlos III en 1782. Por entonces ya existía la Hermandad del Cristo de la Salud y la Virgen del Refugio, cuyas primeras reglas había aprobado el cardenal Solís, y que empezó a salir en 1762. Era una cofradía pobre, que muchos años no salía, como contó Félix González de León en el siglo XIX.

Con el discurrir de los años, fue prosperando. Para entender lo que es hoy San Bernardo, nos tenemos que detener en julio de 1936, cuando el templo fue saqueado e incendiado, perdiendo tan vilmente sus imágenes y una parte de sus enseres. En los años siguientes, reconstruyó su patrimonio con el Crucificado que actualmente sale, que recibía culto en la Escuela de Cristo, de Santa Cruz, y que le fue cedido. Y con la nueva Virgen del Refugio, que talló Sebastián Santos en 1938, y que fue su primera gran aportación a la Semana Santa de Sevilla. La imagen que encumbró al imaginero de Higuera de la Sierra (Huelva), que había llegado a Sevilla para el servicio militar y ya se quedó. A partir de su Virgen del Refugio fue especialmente valorado y elogiado por sus extraordinarias dolorosas.

La última parte de la historia del arrabal de San Bernardo es más conocida. En los años de la posguerra fue un refugio de personas modestas, un barrio con sabor a pueblo, que conservaba un peculiar tipismo en la Sevilla de la época, pero donde también pasaban muchas necesidades. El Cristo de la Salud y la Virgen del Refugio hacían honor a sus advocaciones: fueron el refugio y la salud de tantos vecinos.Hasta que poco a poco las casas fueron cayendo, tumbadas por la especulación.

Cuando fue soterrada la vía del tren, cuando la estación de Cádiz dejó de estar operativa, a principios de los años 90, el arrabal ya se había transformado hasta lo irreconocible. Y si no resultó peor fue gracias a la generosa labor de un admirado párroco, don José Álvarez Allende, que tenía un porte como de obispo (como si San Bernardo fuera un episcopado) y que estuvo siempre al lado de sus vecinos, esos que emigraban, en una cadena inexorable, a los polígonos del norte y del sur, a las nuevas barriadas periféricas.

El arrabal de San Bernardo ya no existe. ¿O sí? Hay un día cada año, el Miércoles Santo, en que el tiempo se detiene. Llegan nazarenos desde la antigua buhaira de Al Mutamid, desde el lugar donde levantaron el campamento del Santo Rey, desde la que fue Huerta de la Salud. Llegan nuevos vecinos de los alrededores y regresan los que se fueron, pero que nunca perdieron la devoción al Cristo y a la Virgen de San Bernardo, al Crucificado que les da la Salud de alma y cuerpo, a la Dolorosa en la que buscan el Refugio.

Por Gallinato salían a la calle Ancha de San Bernardo, donde se vivía una fiesta, antes de subir el puente que no fue derribado, porque hacía falta para San Bernardo (la cofradía y el barrio) cuando llegara el Miércoles Santo. Nunca pensamos que viviríamos un día en que un coronavirus destrozaría los sueños del arrabal. Pero sabemos que San Bernardo plantará de nuevo el campamento, con la cruz de su fe, para volver a ser lo que era.

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