La Pascua Florida

La procesión de impedidos del Sagrario: un rito cuestionado por la presión turística

Procesión de los impedidos / José Ángel García

Segundo domingo de Pascua. De la Misericordia (para los devotos de San Juan Pablo II, el Papa que lo instauró) o Dominica in Albis (para los amantes del latín y del ritual antiguo). Los alrededores de la Catedral de Sevilla aparecen como cualquier otro día. Sin distinción de si es festivo o laborable. Repleto de turistas en los que abundan las pieles blanquecinas, expuestas al sol con su ropaje de diminuto metraje. Decorado al que ya se ha habituado el exiguo público autóctono que acude a hora bien temprana a presenciar la procesión de impedidos de la Hermandad Sacramental del Sagrario

Con ella se abre el periodo de cultos eucarísticos públicos en la ciudad. Un ceremonial de liturgia barroca donde todo está cuidado al detalle. El cortejo discurre por las entrañas de una urbe entregada en cuerpo y alma a la principal industria que sustenta su economía: hoteles y apartamentos turísticos jalonan unas calles habitadas años atrás por feligreses. 

La gentrificación (la palabra es difícil de pronunciar y escribir) del Casco Antiguo de Sevilla se evidencia en jornadas como ésta, sin el disfraz de la bulla que acudía hace poco más de una semana a ver cofradías. Sólo queda el decorado monumental y cientos de veladores ocupados por visitantes. Mesas, por cierto, que estorban en más de una ocasión al discurrir de esta procesión, que requiere de la intervención de hermanos de la corporación sacramental para dejar expedito el paso. 

El sentido de la procesión

El Santísimo pasa, bajo palio, por una Plaza del Triunfo colmatada de turistas. El Santísimo pasa, bajo palio, por una Plaza del Triunfo colmatada de turistas.

El Santísimo pasa, bajo palio, por una Plaza del Triunfo colmatada de turistas. / José Ángel García

El público que presencia el cortejo es, en un 80%, foráneo. Pocos son los nativos que se acercan a contemplar unas de las procesiones más bellas de la Pascua. La falta de sevillanos en la feligresía del Sagrario cuestiona hasta la finalidad del culto. ¿Qué sentido tiene llevar el Santísimo a impedidos que ya no hay?, se preguntan algunos responsables de la hermandad, donde ya se abrió hace unos años este debate.

El pertiguero de los carráncanos, con los que se abre el cortejo eucarístico. El pertiguero de los carráncanos, con los que se abre el cortejo eucarístico.

El pertiguero de los carráncanos, con los que se abre el cortejo eucarístico. / José Ángel García

Hay menos impedidos que requieran comulgar en sus casas porque cada vez hay menos sevillanos habitando un centro que vive por y para el turismo. Una realidad que se evidencia -parafraseando los Evangelios- en los asuntos de Dios (sirva de ejemplo esta procesión) y en los del César, como la escolarización en los colegios, con aulas casi vacías por la falta de familias. 

El cortejo perfecto

Los niños carráncanos pasan junto a la muralla del Alcázar. Los niños carráncanos pasan junto a la muralla del Alcázar.

Los niños carráncanos pasan junto a la muralla del Alcázar. / José Ángel García

Al menos, eso sí, la belleza supera cualquier circunstancia adversa. Pararse a contemplar por unos minutos este cortejo -que se detiene en su discurrir para dejar paso al Metrocentro (vulgo, tranvía)- supone fijar la mirada en el grupo de niños carráncanos, en los libreas que portan insignias, en las marchas clásicas que se interpretan (antídoto idóneo después de algunas composiciones que han rayado el esperpento sonoro en Semana Santa) y en quienes aún se hincan de hinojos -gesto en peligro de extinción- ante la augusta presencia de Jesús Sacramentado (como consta en las convocatorias de culto). 

Y todo ello en un entorno colmatado (y muy afeado) con rótulos franquiciados de heladerías, cafeterías y comida rápida. Con turistas que toman café con los pies en alto. Con el estridente sonido del chancleteo. Y con axilas al aire cuando el termómeto le coge el gusto a los 30 grados. Definitivamente, la procesión de impedidos del Sagrario constituye una rémora del tiempo. Una joya pretérita amenazada por un centro en adoración perpetua a este nuevo dios de maletas y mochilas. Cantemos al amor de los amores.