La Academia ya habla árabe
El arabista Rafael Valencia dedicó su discurso de ingreso a los refranes en la Sevilla árabe · Dirigió en Bagdad el Instituto Hispano-Árabe que fundó García Gómez · Le respondió Rafael Manzano
La Academia de Buenas Letras ya habla árabe. Cuando Manuel González Jiménez, su director, le impuso a Rafael Valencia la medalla de nuevo académico no sólo sintió la satisfacción del medievalista que recibe en su institución a un arabista. "Al mejor arabista de la Universidad de Sevilla, por historiador y por filólogo", diría en la contestación a su discurso de ingreso el arquitecto Rafael Manzano. El director de la Academia debió recordar un viaje a Bagdad en los primeros años 80. "Vino también el académico Guillermo Jiménez Sánchez, que era rector de la Universidad de Sevilla. Íbamos a firmar un convenio de colaboración con la Universidad de Basora. Había estallado la guerra Irán-Iraq y por razones de seguridad el convenio se firmó en Bagdad. Rafael Valencia hizo de introductor y de intérprete".
Para llegar a su ciudad soñada, como llamó a Sevilla el nuevo académico en su discurso de ingreso, Rafael Valencia nació en Berlanga, pueblo extremeño próximo a la Sierra Norte sevillana. Fue fugaz estudiante de Ingeniería y se licenció en Filología Árabe en Barcelona, único alumno de Soledad Gibert, así llamada por la afición de su padre catalán a la hermandad de San Lorenzo.
Rafael Valencia dirigió en Bagdad el Instituto Hispano-Árabe de Cultura que había fundado Emilio García Gómez, el arabista de la generación del 27. Discípulo de los discípulos de Pascual de Gayangos, hilo conductor del discurso de Valencia. Los que lo lean y sean profanos en la materia entenderán por qué Pascual de Gayangos tiene una calle en Sevilla. Fue el pionero del arabismo y de su nacimiento se acaba de conmemorar el bicentenario. Volvió del destierro londinense cuando subió al poder Narváez. Entre sus alumnos, tuvo a Antonio Machado y Álvarez, Demófilo, el padre de los poetas. El introductor del folclore andaluz disfrutaría con el recorrido del nuevo académico por la vida cotidiana de un sevillano de la Alta Edad Media a partir de los refranes de la época.
Fue un discurso de homenajes. A todos sus maestros, desde los que le enseñaron las primeras nociones en el colegio de Villafranca de los Barros, al propio García Gómez, al que evocó en alguna charla en el patio del hotel Alfonso XIII. Ocupa la plaza de académico que fue de Klaus Wagner, un sevillano centroeuropeo que dedicó su discurso de ingreso a la Biblioteca Colombina, ese arcano de tesoros tantas veces frecuentado por Ramón Carande, ayer representado por su nieta Rocío.
Dijo Manzano que una buena conservación y estudio de la Lengua española necesita de la presencia de un helenista, un latinista y un arabista. En realidad, éstos hacen falta en muchos más sitios, para desmentir el dicho atribuido a García Gómez, "hemos termina docon la Escuela de Traductores de Toledo", y para conseguir un mundo con menos sobresaltos. "Si los Servicios de Información de los Estados Unidos hubiesen dispuesto de buenos arabistas, se hubieran conocido a tiempo los proyectados atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, y tal vez se hubiesen evitado las guerras con Iraq", dijo Manzano.
Llegar a Sevilla es hacerlo también a Venecia sin pagar peaje, vino a decir Rafael Valencia recordando la condición de García Gómez de "catador de ciudades". Viajero impenitente, describió en su discurso un atlas autobiográfico en el que aparecen "ciudades predestinadas a aportar la cultura que generan en su seno" (Atenas, Romas, Córdoba, Damasco, El Cairo), otras "generalmente dedicadas al comercio" (Buenos Aires, San Petersburgo, París, Florencia, Alejandría, Vigo), las que "representan un cambio de actitud o un giro en la historia" (Marraquech, Madrid, Estanbul), urbes que conoció "víctimas de la destrucción" (Bagdad, Lagos) o las que en su fuero personal escapan a toda clasificación (Granada, Tetuán, Fez). Hay otras, muy pocas, "cuya misión histórica consiste en aportarse a sí mismas". El caso de Venecia y Sevilla. "Son ciudades hermosas que han de cumplir su sino de seguirlo siendo". Ciudades "donde la vida es más fuerte que nosotros mismos".
Una fortaleza que está en el aire de la ciudad. Que Manzano personalizó en Joaquín Romero Murube, en Luis Cernuda (vecino de la calle Aire), en Federico García Lorca. Y que sensorialmente está en "el azahar de los naranjos que los agricultores árabes trajeron de la lejana china".
De Berlanga a Sevilla. Si quieres ser conocido sin conocer, vive en el pueblo. Si quieres conocer sin ser conocido, vive en la ciudad. La perspectiva de un arabista cosmopolita y de pueblo. Se extendió en el cliché de la broma y el chiste, en una dualidad ya fomentada por los árabes -"Triana comete la falta y Sevilla carga con la culpa"-, en el éxito que en tiempos de los omeyas alcanzó como género "el vituperio a Sevilla".
Al nuevo académico lo propusieron una arqueóloga, Pilar León, un profesor de Historia de América, Ramón María Serrera, y el arquitecto Rafael Manzano, que recordó un encuentro oriental. "Rafael Valencia era agregado cultural de la Embajada de España en Bagdad. Fui con Fernando Chueca para hacer un gran hotel en Mosul. Un proyecto que se fue al traste con la guerra".
A los Pinelo fueron su hijo Rafael y su hermano Luis, profesor de Informática en el IES Punta del Verde. Sus amigos Eustasio Cobreros y Rafael Salgueiro, miembros como él de la Asociación para el Diálogo. Y el profesor Mahmud Ali Makki, que fue director del Instituto Egipcio de Madrid. Un cairota que es aficionado a los toros, con abono en Las Ventas, casado con una española y con una hija llamada Leila Carmen. También estuvieron sus amigos de la librería Céfiro, de la que es buen cliente, y el profesor Manuel Moreno Alonso recién llegado de una montería y a punto de concluir un libro sobre el asedio de Cádiz de 1810-1812. En el mismo tiempo que nació Pascual de Gayangos.
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