Encuentro con Fabiola en Gante
Equívoco. Turistas y visitantes atribuyen el nombre de la calle Fabiola, donde está el consulado de Bélgica, a la que fue reina de los belgas y no a la novela del obispo Wiseman
POR lo general, la gente de Sevilla conoce la historia o alguien les ha contado que la calle Fabiola debe su nombre no a la que fue reina de Bélgica, recientemente fallecida, sino al título de la novela, Fabiola o la iglesia de las catacumbas, escrita por un ilustre hijo de esta calle, Nicolas Wiseman, nacido el 2 de agosto de 1802 en la casa que hace unos años fue sede de la Fundación Lara y que llegó a arzobispo de Westminster. Uno de los clérigos sevillanos que fueron a Inglaterra. Otro, que viajó a su pesar, fue José María Blanco White, nacido muy cerca de Fabiola, en la calle Jamerdana, muerto en el exilio de Liverpool.
Hay cocheros de caballos que relacionan el nombre de la calle con la española que fue reina de los belgas al casarse en 1960 con el rey Balduino. El equívoco lo alimenta el hecho de que en esa misma calle, a dos pasos de la casa natal de Wiseman, está el consulado de Bélgica. Su bandera y las de Chipre e Italia forman un curioso benelux diplomático frente a la pensión Córdoba.
"Si el lector se halla dispuesto a acompañarnos, iremos a dar una vuelta por las calle de Roma". Así empieza la novela Fabiola de Wiseman, traducida del inglés por Ángel Calderón de la Barca en un ejemplar editado en 1912, rúbrica de su antigua propietaria de 1917 y adquirido por quien suscribe ayer en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión gracias a la diligencia libresca de Ignacio Sánchez Meléndez, de la librería de viejo de Los Terceros.
Fabiola está al final de Mateos Gago, que antes fue la calle Borceguinería. La llegada es procelosa con la saturación de coches, veladores y viandantes. A la altura de Mesón del Moro, desciende el trasiego. Frente al colegio San Isidoro donde iba a votar Soledad Becerril estaba la librería Renacimiento. Abelardo Linares, su propietario, echaba ayer mañana y tarde el jornal en la Feria.
El cronista consiguió hermanar a las dos Fabiolas. O que un interlocutor muy privilegiado unido a las dos acepciones del nombre le diera una perspectiva más amplia. No se cabe en la taberna La Fresquita, que abrió en 1993. El mismo año que al morir Balduino dejó Fabiola de ser reina de Bélgica. Dos años después murió su hermano Jaime de Mora y Aragón, conocido por sus películas y su afición a las motos. En La Fresquita se encontraba ayer José Antonio Ruiz-Berdejo y Sigurtà, cónsul honorario de Bélgica en Andalucía desde hace catorce años. "Conocí a la reina Fabiola en Gante, en la boda de mi primo Maximiliano Secco d'Aragona, mi único primo hermano, con la archiduquesa Catalina de Habsburgo, que es escritora. Fabiola llamó la atención porque fue a la boda con un alfiler del Real Madrid".
Cuando el cónsul de Bélgica nació (1965), Fabiola ya llevaba cinco años reinando en Bélgica. Sólo tiene palabras de encomio y admiración sobre alguien de quien destaca su sencillez y ganas de pasar desapercibida en el protocolo institucional. "Una vez me llamó el embajador para los preparativos de un viaje de la reina Fabiola. Iba a hacer el camino de Santiago por la ruta de la Plata. Yo me informé de las cosas que le gustaban y le mandé unas yemas de San Leandro. Pasado un tiempo, estaba yo en Valencia en una notaría y suena mi teléfono. Era la reina Fabiola para darme las gracias por las yemas de San Leandro. Me estuvo hablando del metro de París y me invitó a ir a ver un partido al palco del Real Madrid".
El sobrino de Fabiola, el hoy rey Philippe, sí se quedó más de una vez en el consulado de Bélgica de la calle Fabiola, curiosa historia de homonimia entre una reina del siglo XX y una historia que Wiseman sitúa en el mes de septiembre del año 302. "Unos dicen una cosa, otros dicen otra, la imaginación es libre", dice un camarero de la bodeguita Fabiola, que se supone que debe su nombre a la novela del arzobispo, que editó en España el Apostolado de la Prensa con la consiguiente licencia eclesiástica.
Pasan cinco tunos, dos de Córdoba y tres de Sevilla, para la cita de la Inmaculada. Uno de ellos encuentra una tercera vía. "Fabiola es el pan que pide mi madre cuando va a la panadería". El cónsul está pendiente de los horarios del AVE. Le acompaña su perra Lady Baltimore. En su agenda, una escala en las pistas de esquí de Cortina d'Ampezzo y viajes profesionales a Dubai. En febrero visitará Sevilla el embajador de Bélgica, país que participa en elproyecto del Airbus.
En la novela de Wiseman, Fabiola toma el nombre de su padre, Fabio, "romano del orden de los caballeros, cuya familia había acumulado cuantiosas sumas por medio del arrendamiento de las rentas de las provincias asiáticas". Fabiola había leído mucho "y profesaba la filosofía del epicureísmo refinado, intelectual e incrédulo, muy en boga a la sazón en roma". La Iglesia estaba en las catacumbas. "Del cristianismo no tenía más idea sino que era una secta material, grosera y vulgar y la despreciaba demasiado para indagar sus fundamentos". Rugen los leones en los anfiteatros de esta novela protagonizada por una mujer que después abrazaría la misma fe en la que se educó su tocaya dieciocho siglos después.
El cónsul la conoció en Gante, la ciudad natal de Carlos V, el emperador que se casó con su prima portuguesa en el Alcázar de Sevilla. Fabiola le tuvo siempre mucha querencia a la tierra andaluza. Tenía casa en Motril, su hermano era un icono de la Costa del Sol y su luna de miel con Balduino la inició en la localidad cordobesa de Hornachuelos.
El nombre de la calle es por la novela del arzobispo, pero la reina consorte vivió un romance de cuento. No dejan de pasar turistas por la casa de Wiseman en la que tantos libros se presentaron. Alguien pregunta por los Venerables. Una turista australiana fotografía al quinteto de tunos.
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