"Por el Espíritu Santo entré en una agencia de viajes de Comisiones Obreras"

ISABEL GLEZ. TURMO, ATROPÓLOGA DE LA ALIMENTACIÓN

Animó el cotarro cultural de la Menéndez Pelayo, organizó la primera excursión a Rusia después de la transición y sus conocimientos de alemán la hicieron intérprete del Kaiserslautern que eliminó al Sevilla

Isabel González Turmo, en el jardín de su casa de Santa Clara.
Isabel González Turmo, en el jardín de su casa de Santa Clara.

26 de mayo 2012 - 05:03

APORTÓ el dossier antropológico para que la Unesco declarase patrimonio de la humanidad la dieta mediterránea. Isabel González Turmo (Sevilla, 1954) es hija de las casualidades.

-¿Hizo antropología del Rocío?

-En mi libro Comida de ricos, comida de pobres hablo de la alimentación en el Rocío.

-¿Cómo se come en la aldea?

-En el Rocío, de puertas adentro, manda la comida tradicional. A la hora de recibir aparecen las gambas, los langostinos. Con el estatus y la representación social.

-¿En su casa ha escrito alguien?

-Mi madre era historiadora e investigadora. Carriazo le dirigió un libro sobre bordados y bordadores sevillanos. Una vez, cuando estaba embarazada de ocho meses de mí, estaba en la Catedral trabajando y se le cayó encima un perchero de casullas del XVIII. Por poco no nos quedamos allí.

-¿De ella le viene la vocación?

-Poca vocación, para qué te voy a engañar. Yo hice Historia Contemporánea en Barcelona, y no la terminé. Cuando empecé a trabajar en la Menéndez Pelayo, mi jefe, Antonio García-Baquero, se empeñó en que terminara la carrera. Yo quería Geografía, pero por cuestión de horarios él me matriculó en Antropología.

-¿Acertó de pleno?

-Era el año 1985, yo ya tenía 31 años y volvía a la Facultad, donde la gente hablaba de la vida y de la muerte, de cosas de las que la gente de mi edad no hablaba. La gente de mi edad estaba en los bares.

-¿Qué recuerda de los tiempos de la UIMP en Sevilla?

-Yo llevaba el área de extensión cultural. Teníamos un presupuesto bajísimo. Organicé teatro en la calle, un seminario de poesía amorosa al que trajimos a Paco Rabal y conciertos de Silvio en la plaza de Santa Cruz.

-¿Viajó a la Magdalena?

-Todos los años iba a Santander. En mi primer viaje, el rector, Santigo Roldán, le dio el visto bueno a mi organigrama.

-¿Al modo sevillano?

-Al modo sevillano, sí, que era trabajando como mulos. Yo no almorzaba, nunca he estado tan delgada en mi vida.

-¿Qué cosas raras ha hecho?

-Una de las más raras, intérprete del Kaiserlautern cuando vino a jugar con el Sevilla. Mis padres nos mandaban con ocho años solos en avión a una aldea en Westfalia, cuna de la socialdemocracia y el estado del bienestar.

-¿Qué tuvo que traducir?

-En las ruedas de prensa, las comidas entre directivos. A la mujer de un directivo del equipo alemán le pegaron un tirón en la puerta del hotel Los Lebreros. En una hora tenía el bolso con todos sus objetos. Les maravilló la eficiciencia de la policía sevillana.

-¿Qué trabajo le abrió más puertas?

-En una época me había quedado sin trabajo y mi abuela le rezaba al Espíritu Santo para que lo consiguiera. La primera vez que entré en una agencia de viajes, la chica me dijo que se iba a Canarias con su novio y que si quería el puesto. Lo curioso es que la agencia era de Comisiones Obreras pero entré por el Espíritu Santo. Una de mis clientas era Meie Mayer, a la que le enviaba sus colecciones de diseño a Milán y Nueva York y fue ella la que le dio mi nombre a Perico Romero de Solís para la Menéndez Pelayo.

-¿Organizó muchos viajes?

-Uno inolvidable. Fui la encargada del primer viaje de España a Rusia después de la transición. En 1980. Fueron cinco aviones.

-La vida y la muerte de la que hablaban en la Facultad, ¿son dos caras de una misma moneda?

-Lo que sí he aprendido, porque he tenido un cáncer y la he visto de cerca, y porque se me ha muerto mucha gente querida, es que esa frontera no existe. Nos morimos cada día y los que se van siguen viviendo a través nuestro.

-De la bodega al gastrobar. ¿La tapa pasó de comida de pobres a comida de ricos?

-Nunca fue comida de pobres. El primer boom de la tapa es en la posguerra. La gente con dinero, a finales de los años veinte y en la República, iban a las cervecerías alemanas y después los nombres de los platos se españolizan: perdiz a la castellana, merluza a la madrileña. Los restaurantes decaen y llega el auge de bares y bodeguitas. El resto lo hacen las escuelas de Hostelería. Pese a modas y cambios, la cocina sevillana tiene una serie de tapas a las que difícilmente renuncia: los pavías, los serranitos y la auténtica piedra de toque, la ensaladilla rusa.

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