Jaques a la vida

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Jaques a la vida
Jaques a la vida
José León-Castro Alonso
- Catedrático de Derecho Civil

07 de enero 2017 - 02:32

Todo el mundo conoce, pues en Sevilla todo se sabe, la pasión que por el ajedrez sentía Ángel Luís Rodríguez Albariño, tanto de jugador como de aficionado. Tal era su afición que de hecho llegó a ejercer de árbitro en alguno de los muy prestigiosos torneos ajedrecísticos internacionales que anualmente se venían celebrando en Linares, y en los que llegaron a participar jugadores de la talla de Anatoli Karpov o Garri Kasparov, o a presidir, con no menor afán y entusiasmo, el equipo hispalense de los Old Masters hasta prácticamente el final de sus días. Aún recuerdo entusiasta sus sabios y amenos comentarios en el Campeonato Mundial de Ajedrez que se celebró en Sevilla en 1987 entre los dos mencionados ases. Y verdaderamente deliciosos resultaban sus relatos sobre la célebre partida protagonizada por Adolph Anderssen, La Siempreviva, las recurrentes celadas de Alexander Alehkine o la antropofobia detectada a Akiba Rubinstein tras derrotar a José Raúl Capablanca.

Sin embargo, y quizás ni siquiera él mismo llegara nunca a sospecharlo, su verdadera y gran aptitud eran las partidas simultáneas. Estoy convencido de que Albariño hubiera sido absolutamente imbatible en esa modalidad y yo, no obstante, apenas modestísimo aficionado y aprendiz de jugador, lo descubrí un día con meridiana claridad. Porque fueron muchas las mañanas o las tardes, según mi horario profesional me lo permitiera, en que me acercaba a la sede de la Real Federación Andaluza de Fútbol, radicada primero en la calle O'Donnell y más tarde en la Ronda del Tamarguillo, simplemente para saludarlo. Y así, con la excusa de los asuntos que me ocupaban en los diferentes comités futbolísticos, me sentaba en su despacho dispuesto a disfrutar de su siempre amena charla.

Fue precisamente en aquellas ocasiones cuando me apercibí de tan singular don. Cualquier día, tal vez le pidiera fuego, o le preguntara por alguien, o le planteara una duda, las cosas más nimias y convencionales, que igual daba. Tal vez también, en ese momento sonara su teléfono, como ocurría de forma constante, y ahí exactamente surgía el incomparable ajedrecista de simultáneas.

Ángel Luis atendía todas las llamadas, o las devolvía, preguntaba a su interlocutor por alguien que no era otro que aquel por el que yo me había interesado, me ofrecía fuego, refrescaba el ambiente cargado de la estancia con un pequeño atomizador de Lavanda Atkinson, su colonia favorita, llamaba a la secretaria y ojeaba unos folios que archivaba cumplidamente en una carpeta para que se los pasara a la firma al presidente, buscaba en algún reglamento perdido algo que de inmediato ponía frente a mí para resolver puntualmente la cuestión que le había planteado. ¡Y todo eso por increíble que parezca, sin colgar ni una sola vez el teléfono y sin dejar de hablar ni un solo minuto por mucho que se prolongara la conversación o por pertinaz que fuera el interlocutor!

Albariño era un conversador delicioso e infatigable de los más diversos temas: Sevilla, ajedrez, fútbol, seguramente sus grandes pasiones aparte, claro está, de las familiares. Dotado de una descomunal memoria, a menudo adornaba su inmenso caudal de anécdotas con ese gracejo que saben imprimir quienes jamás alardean de nada. Reconozco que a veces lo sometí a pequeñas pruebas, ya fueran nombres, efemérides o circunstancias varias en torno a cualquier personaje o acontecimiento, y juro que siempre salió airoso, superando con creces la documentación preparada ad hoc. Yo sabía que estaba ante un prodigio de conocimientos enciclopédicos, jamás con pretensión alguna de ilustrar o de enseñar, sino con la modestia del que nada esgrime más que su afán por la cultura y los más diversos saberes. Pero seguramente su mayor virtud fuera que todo cuanto sabía, en palabras de León Tolstoi, era lisa y llanamente porque lo amaba.

Asimismo, ya fuera desde su domicilio particular o desde la oficina, eran frecuentes las llamadas telefónicas o las puntuales y oportunas cartas, siempre manuscritas y con una cuidadísima caligrafía, que Ángel Luis enviaba y que yo guardo celosamente en mi ya deteriorada memoria. Cualquier motivo, ocasión o celebración eran siempre originales y festivas. Por ejemplo, el 13 de mayo descolgaba el teléfono y allí estaba Albariño entonando A cova de Iría, el día de Corpus se dejaba caer con Cantemos al amor de los amores, el 27 de agosto canturreaba completo, letra incluida, el pasodoble de su gran ídolo, Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete. ¡Y así tantos días y tantas otras cosas que hoy son sólo recuerdos!

Y es que la vida para él era exactamente eso, una fiesta que supo vivir y disfrutar y sobre todo hacérnosla disfrutar a sus muchos amigos, entre los que afortunada y felizmente sé que me contó. Quisiera además recalcar algo poco frecuente en nuestros días, un rasgo más de la forma de ser de Albariño, que fue su desmedida complacencia por hacer favores, fuera quien fuera el que se los pidiera. Y así, en su etapa de delegado provincial del Consejo Superior de Deportes, empleó todo su afán en ayudar a los clubes deportistas más modestos. Pocos casos de entrega y generosidad he tenido la ocasión de conocer en mi vida, hasta el punto de parecer que su única vocación era servir y agradar, y a fe que lo consiguió en cuantas ocasiones fue requerido por las más variadas y diversas personas y razones.

Tras algunos avisos que, aunque muy serios, jamás lograron amilanarlo, con sólo tres piezas la vida le dio el jaque definitivo. El tabaco, fumador mucho más que empedernido hasta el último minuto, su incontrolable glotonería, cada cerveza la acompañaba de dos o tres tapas, y un corazón demasiado grande hicieron que no pudiera o no quisiera continuar subido a ese tren de miserias, odio, tragedias, que el mundo se ha empeñado en depararnos. Muy por el contrario y también muy a su modo, él cogió otro tren, directo hacia arriba, muy arriba, y por allí andará amenizando con su sola presencia a los que por derecho propio gozan de la felicidad eterna. Por eso Albariño no se ha ido, fue sólo eso, un jaque aunque hizo que los demás tuviéramos que enrocarnos sólo en su recuerdo.

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